Había una vez un monje que en todo momento buscaba la perfección. No soportaba la menor imperfección en los cánticos religiosos; una arruga en la ropa; un plato mal lavado; una palabra mal dicha; un error o equivocación por insignificante que fuera. Le resultaba intolerable si algún compañero bostezaba en los oficios religiosos o si veía una mota de polvo en los bancos de la iglesia.

Sufría mucho con sus compañeros en el monasterio y, convencido de que allí no le iba a resultar posible encontrar la perfección, pidió permiso al abad para irse a vivir completamente solo. Se llevó lo imprescindible: algunas ropas, sus libros de rezos y un cántaro para llenarlo con agua del río.

Eligió como morada un lugar muy bello y pasó la noche en oración. Cuando amaneció, se despertaron los pájaros y las flores y pensó, agradecido, que allí sí, por fin, encontraría la perfección deseada.

A media mañana tuvo sed, fue al río a buscar agua y, al cargar el cántaro, se le derramo un poco de su contenido. No aceptó esa mínima imperfección, arrojo el agua con despecho y se le mojaron y enfangaron los pies con el polvo del camino. Volvió a tomar agua y de nuevo se le derramó. Repitió la operación con cierta inquietud y, a la tercera vez, llenó de cólera, quebró el cántaro.

  • “La causa de mi cólera no está en los demás- pensó al calmarse-. El enemigo está aquí adentro”.

Regreso al monasterio, pidió perdón y desde aquel día, empezó a ver con ojos nuevos y cariñosos a sus compañeros.

Cuento extraído del libro «Aplícate el cuento» de Jaume Soler y M.Mercé Conangla.

Reflexión

Todo comienza con nuestros pensamientos.

Cuando piensas un pensamiento acerca de algo o de alguien, tu pensamiento se convierte en tu manera de ver, no ven nuestros ojos físicos, son nuestras ideas las que nos muestran lo que vemos. Es el pensamiento el que nos genera visión.

Si lo que vemos es una proyección de nuestros pensamientos y somos libres de elegir lo que pensamos entonces, podemos dejar de ser víctimas impotentes pues tenemos el poder de cambiar los pensamientos que nos causan dolor.

“No son las personas las que te molestan, ere tú quien se molesta por lo que las personas dicen, hacen o dejan de decir o de hacer, por lo tanto, la solución a tu molestia está dentro de ti.
Deja de querer cambiar al otro y trabaja primero en ti”.

Besos y Abrazos

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

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