REFLEXIÓN

El miedo es muy sutil y se nos puede instaurar gradualmente sin que nos demos cuenta.

Si miramos hacia atrás, veremos que a la mayoría de nosotros se nos enseña desde muy pequeños a tener miedo, pero no creo que hayamos nacido de esta forma.

¿A que le tenemos miedo? Yo diría que, a muchas cosas, se puede tener miedo al fracaso, a no gustarle a alguien, a caerles mal a la gente, a no ser lo suficientemente buena o bueno, también se le teme a la enfermedad y diría que, al cáncer en particular, lo mismo que a su tratamiento, se tiene mucho miedo a vivir y se está aterrado ante la idea de morir.

Cuando el miedo nos domina, nuestro corazón se desboca, nuestro cuerpo se tensa y nuestro cerebro no funciona bien. En ese momento sentimos que nuestra vida peligra y atacamos, nos aislamos o huimos. Ninguna de estas reacciones permite que tratemos a los demás como si los quisiéramos, porque nadie quiere a alguien a quien teme y nadie teme a alguien a quién quiere.

Cuando uno se aleja de los demás, también se aleja de sí mismo y por eso uno en lugar de aprender a quererse, aprende a temerse.

Comprender la naturaleza de nuestro miedo nos abre la puerta de poder experimentar la naturaleza del verdadero amor, aquel que, por no ser razonable, alcanza lo que no parece posible. Está en cada uno de nosotros decidir quién va a triunfar en nuestra vida si es el amor y no el miedo.

Son nuestros miedos los que hacen que muramos poco a poco, creo que la respuesta o la solución es más simple de lo que parece, pero es también uno de los secretos mejor guardados de nuestro tiempo:

“La importancia de amarse a sí mismo”

Juntos Venceremos

Besos y Abrazos virtuales