Sentir pena, tristeza o estar decaídos puede ser normal. En ocasiones, aparte de las situaciones de estrés sostenido, hay sucesos de la vida (una enfermedad, pérdidas de seres queridos, de trabajo o de cosas a las que nos apegamos) que nos golpean, nos conmocionan y nos producen dolor y sufrimiento. Es normal y puede ser adaptativo porque es una señal para obtener apoyo y consuelo.
La pena y la tristeza también pueden enredarnos si persisten, de apartarnos de la vida y apartar a los demás de nuestra vida. Ello ocurre cuando nos quejamos en exceso, permanecemos pasivos y esperamos a estar bien para normalizar nuestra vida. El caso de Conchita nos puede ayudar a comprender bien este fenómeno.
A Conchita, que lleva una temporada mal, triste y abrumada por sus problemas, le llama una amiga proponiéndole ir al cine, como tantas veces. Esta es la respuesta de Conchita: “mira es que me encuentro fatal, no puedo salir porque no estoy con ánimo, hasta que no me encuentre bien no cuentes conmigo. Me tendría que arreglar y eso me resulta imposible con el ánimo que tengo. No disfrutaré de la película y tendré que contar como estoy. No, decididamente, no puedo”.
Reflexión:
¿Acaso Conchita no puede salir o no puede arreglarse porque no está de ánimo? ¿Podemos hacer cosas aunque no nos apetezca si decidimos hacerlas? El bajo estado de ánimo no es la causa de que no salga. La única causa que pudiera impedirla salir sería estar maniatada y encerrada en casa o postrada en una cama sin poder moverse. Hay personas que tienen un estado de ánimo bajo y, sin embargo, deciden salir aunque no les apetezca. Y basta que hayan tomado esta decisión para que su estado de ánimo comience a mejorar. Esta es la gran trampa: esperar a estar bien para hacer cosas y no comenzar a hacer cosas para estar bien.
Esta trampa nos puede llevar a aislarnos, a enredarnos, a centrarnos en nosotros mismos y permitir que la tristeza se amplifique e invada todas las áreas de nuestra vida. La queja reiterada puede alimentar el bajo estado de ánimo (también estamos tristes porque lloramos). No se trata de cambiar primero nuestra forma de pensar o nuestro estado de ánimo, sino de seguir conectados a la vida a pesar, precisamente, de estar mal. Es crear las condiciones para estar bien, aunque no tenga ganas de hacerlo.
La pasividad de Conchita puede ayudarnos a recordar que nosotros podemos ser parte del problema o parte de la solución.
Podemos decidir salir y hacer cosas a pesar de sentirnos mal o, por el contrario, podemos decidir no hacerlas y quedarnos en casa rumiando nuestra tristeza. No resulta fácil pasar a la acción cuando nos invade la tristeza y el desánimo. Tomar la decisión de hacer cosas cuesta mucho pero no resulta imposible tomarla. Hay personas que lo hacen y descubren que es la vía para estar mejor.
La trampa de la vida esta en postergar la posibilidad de disfrutar hoy, esgrimiendo el incierto y frágil razonamiento de que quizás podamos hacerlo mañana.                                                           
Miguel Costa

                       
Me gustaría terminar con una reflexión:

«Piensen que lo trágico no es morir, al fin y al cabo la muerte tiene buena memoria y nunca se olvidó de nadie. Lo trágico, es no animarse a vivir”.

Como me dijo hace muy poco una amiga, tenemos dos posibilidades:
“Vivir, viviendo” o “Vivir muriendo” ¿Cuál eliges tú?
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