Las propias creencias construyen nuestra realidad. Pensar en positivo, cultivar la esperanza, puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte, como cuenta este relato.
Cuenta el escritor O. Henry la historia de dos jóvenes pintoras que se habían mudado a un humilde barrio de Nueva York. Al poco, llegó un frío invierno y una de ellas Johnsy, contrajo una neumonía. La muchacha permanecía casi todo el tiempo en cama, contemplando a través de la ventana la pared de ladrillos de la casa vecina.
Pasaron los días y, como Johnsy no mejoraba, su amiga Sue llamó al médico. El doctor no se mostró optimista y dio pocas esperanzas a Sue. Sólo si lograba pasar el invierno, tendría posibilidades de recuperarse, pero todavía restaban un par de semanas y Johnsy parecía no tener ya voluntad de vivir. Sue entró preocupada en la habitación y escuchó a su amiga decir:
–  Doce y once. Ahí van diez. Y ahora sólo nueve.
–  ¿Nueve…..qué?- preguntó Sue.
–  Hojas, en la enredadera que hay en la pared de la casa de enfrente. Cuando caiga la última, también yo me iré. Veré caer la última hoja y entonces me iré.
Sue se sentía muy triste. Decidió hacerle una visita al señor Behrman, un viejo pintor que vivía en el piso de abajo y se pasaba el día divagando sobre su “obra maestra”. Cuando supo lo que Johnsy decía de las hojas, lanzó una risotada.
– Jamás escuche semejante estupidez- dijo y, después de permanecer callado un momento, agregó-: ¡y déjame, que debo ocuparme de mi obra maestra!
Al día siguiente, las amigas despertaron y Johnsy le pidió a Sue que corriese la cortina para ver cuántas hojas quedaban en la enredadera. Sólo tres.
– Ya no me queda mucho tiempo- dijo Johnsy.
Pasaron un par de días y, tras una fuerte lluvia, sólo una hoja se aferraba a su tallo. “Cuando esta hoja caiga”, pensó Johnsy, “todo terminará”. Esa noche se produjo una nueva tormenta de viento y nieve, pero la hoja maravillosamente resistió. Pasaron algunos días más y la hoja permanecía allí. El invierno cedía y Johnsy comenzaba a mejorar.
Un día, el médico les comunico que Johnsy se salvaría, lo peor había pasado. Pero el señor Behrman, sin embargo, había muerto de neumonía.
– Murió contento- afirmó el médico-, decía que había logrado pintar su obra maestra.
Cuando Johnsy estuvo en condiciones de dejar su cuarto, lo primero que hizo fue cruzar la calle y caminar hasta la pared de ladrillos. Quería tocar la hoja que había resistido los embates del invierno junto a ella. Pero cuando se encontró cerca, notó que la hoja estaba pintada sobre la pared. Pintada con tanto arte que parecía temblar con el viento, devolver el reflejo tenue del sol. Y supo entonces que ésa había sido la obra maestra del viejo Behrman.
Reflexión
Esta es la fuerza que tienen las creencias en nuestras vidas. Esto es lo que nuestros pensamientos pueden llegar a hacer de nosotros.
Cada vez que construyamos la certeza de que algo irremediablemente siniestro va a pasar, no sabiendo cómo (o sabiéndolo) nos ocuparemos de producir, de buscar, de disparar o como mínimo de no impedir que algo (aunque sea un poco) de lo terrible y previsto efectivamente nos pase.
Este  mecanismo funciona también al revés:
Cuando creemos y confiamos en que de alguna forma se puede seguir adelante, nuestras posibilidades de avanzar se multiplican.
Eres tú el responsable de lo que sientes. Sientes lo que piensas, y puedes aprender a pensar de forma diferente sobre cualquier cosa, si decides hacerlo. Pregúntate a ti mismo si vale la pena, si te compensa ser infeliz, estar deprimido o sentirte herido u ofendido.
Entonces examina, profundamente, el tipo de pensamiento que te está llevando hacia estos sentimientos de debilidad.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga
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