Había un hombre que tenía cuatro hijos. El buscaba que ellos aprendieran a no juzgar las cosas tan rápidamente; entonces los envió a cada uno por turnos a visitar un peral que estaba a una gran distancia.
El primer hijo fue en el invierno, el segundo en primavera, el tercero en verano y el hijo más joven en el otoño.
Cuando todos ellos habían ido y regresado; él los llamó y juntos les pidió que describieran lo que habían visto.
El primer hijo mencionó que el árbol era horrible, doblado y retorcido.
El segundo dijo que no, que estaba cubierto con brotes verdes y lleno de promesas.
El tercer hijo no estuvo de acuerdo, el dijo que estaba cargado de flores, que tenia aroma muy dulce y se veía muy hermoso, era la cosa más llena de gracia que jamás había visto.
El último de los hijos no estuvo de acuerdo con ninguno de ellos, el dijo que estaba maduro y marchitándose de tanto fruto, lleno de vida y satisfacción.
Entonces el hombre les explicó a sus hijos que todos tenían la razón, porque ellos solo habían visto una de las estaciones de la vida del árbol.


 
Reflexión:
No dejes que el dolor de una estación destruya la dicha del resto.
No juzgues la vida por solo una estación difícil.
Aguanta con valor las dificultades y malas rachas porque luego disfrutarás de los buenos tiempos.
No debemos juzgar a un árbol, o a una persona, por solo ver una de sus temporadas, y que la esencia de lo que son, el placer, regocijo y amor que viene con la vida puede ser solo medida al final, cuando todas las estaciones han pasado.
Si tú te das por vencido en el invierno, habrás perdido la promesa de la primavera, la belleza del verano, y la satisfacción del otoño.
Sólo el que persevera encuentra un mañana mejor.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga
Cuenta una leyenda que había unos niños patinando sobre una laguna congelada.
Era una tarde nublada y fría, pero los niños jugaban sin preocupación; cuando de pronto, el hielo se reventó y uno de los niños cayó al agua. Otro niño, viendo que su amiguito se ahogaba debajo del hielo, tomó una piedra y empezó a golpear con todas sus fuerzas hasta que logró quebrarlo y así salvar a su amigo.
Cuando llegaron los bomberos y vieron lo que había sucedido, se preguntaron:
         ¿Cómo lo hizo? El hielo está muy grueso, es imposible que lo haya podido quebrar, ¡con esa piedra y sus manos tan pequeñas!!
En ese instante apareció un anciano y dijo:
         “Yo se cómo lo hizo”
         ¿Cómo? Le preguntaron a la anciano, y él contestó:
“No había nadie a su alrededor que le dijera que no se podía hacer”…
Reflexión:
Esta historia es tan cierta que muchas veces no somos conscientes del poder que cada uno de nosotros puede llegar a tener. ¿Cuantas veces las circunstancias que nos tocan vivir hacen que nos sorprendamos de nuestra reacción? Sin duda, el éxito comienza con el pensamiento. Permítanme compartir con ustedes unas estrofas del  poema del Doctor Cristian Barnard que dice así:
“Si piensas que estas vencido, lo estás. Si piensas que no te atreves, no lo harás. Si piensas que te gustaría ganar pero no puedes, no lo lograrás. Si piensas que perderás, ya has perdido. Piensa que puedes y podrás…”. Como ven tanto si crees que no puedes como si crees que puedes, estas en lo cierto.
Si nos fijamos bien, son nuestros pensamientos los que en gran medida han creado y crean continuamente nuestro mundo. Tenemos que saber que la mente es demasiado loca para confiarle nuestra vida, la mente va continuamente de excitación en excitación, esto hace que nos impida disfrutar de la vida. Muchos médicos dicen que padecemos el “síndrome de déficit del deleite”, esto quiere decir, que no sabemos gozar de lo que nos da la vida. No podemos olvidar que un 10% es lo que nos pasa y un 90% es lo que hacemos con lo que nos pasa.
Cada uno de nosotros tiene el poder para ser libre en este mismo momento, el poder está siempre en el presente porque toda la vida está en cada instante, pero no digas “no puedo” ni en broma porque el inconsciente no tiene sentido del humor, lo tomará en serio y te lo recordará cada vez que lo intentes.
A menudo, la preocupación excesiva no es otra cosa que una manera de inhibir la acción. Mientras nos preocupamos, parece que estemos prestando atención a un problema y, sin embargo, no hacemos nada para solucionarlo. La verdadera atención empieza por aceptar la realidad y utilizar nuestros recursos para cambiar lo que sea posible. Por eso sería bueno demandar:
“Serenidad para aceptar las cosas que no podemos cambiar, Valor para cambiar aquellas que si dependan de mí y Sabiduría para saber diferenciar entre ambas”. (Reinhold Niebuhr).
No te olvides de cuidar el presente porque en él vivirás el resto de tu vida.
Montse Parejo
 Psico-Oncóloga
En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizás donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta…
En un reino mágico, donde las cosas no tangibles, se vuelven concretas…
Había una vez…
Un estanque maravilloso.
Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente…
Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia.
Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas las dos, entraron al estanque.
La furia, apurada (como siempre está la furia), urgida – sin saber por qué – se baño rápidamente y más rápidamente aún, salió del agua…
Pero la furia es ciega, o por lo menos, no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró…
Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza…
Y así vestida de tristeza, la furia se fue.
Muy calma, y muy serena, dispuesta como siempre, a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque.
En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba.
Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la furia.
Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad… está escondida la tristeza.
Reflexión
Este bonito cuento nos permite introducirnos en el mundo de las emociones. Las emociones positivas (alegría, buen humor, optimismo) son un beneficio para nuestra salud, ya que ayudan a soportar las dificultades de una enfermedad y facilitan su recuperación, las emociones negativas (ira, la rabia, la angustia, el miedo, la desesperanza, la ansiedad) y el estrés influyen negativamente en la salud favoreciendo la aparición de ciertas enfermedades, ya que hacen más vulnerable el sistema inmunológico (responsable de nuestras defensas), lo que no permite su correcto funcionamiento.
Hoy sabemos que las emociones tanto positivas como negativas modifican nuestra capacidad inmunológica. Gracias a las emociones se produce una activación que nos proporciona la energía necesaria para responder, rápidamente a un estímulo que atenta a nuestro bienestar físico o psicológico, permitiendo así, nuestra supervivencia.
La salud no es un estado, es un proceso y muy dinámico. Por tanto, siempre puedes reforzar tu salud si trabajas tus emociones.
«El buen humor es la salud del alma; la tristeza su veneno».
Montse Parejo
Psico-Oncóloga
Había una vez un hombre que estaba escalando una montaña. Estaba haciendo una escalada bastante complicada, una montaña en un lugar donde se había producido una intensa nevada. Él  había estado en un refugio esa noche y a la mañana siguiente la nieve había cubierto toda la montaña, lo cual hacía muy difícil la escalada. Pero no había querido volverse atrás, así que de todas maneras, con su propio esfuerzo y su coraje, siguió trepando y trepando, escalando por esta empinada montaña.
Hasta que en un momento determinado, quizás por un mal cálculo, quizás porque la situación era verdaderamente difícil, puso el pico de la estaca para sostener la cuerda de seguridad y se soltó el enganche. El alpinista se desmoronó, empezó a caer a pico por la montaña golpeando suavemente contra las piedras en medio de una cascada de nieve.
Pasó toda su vida por la cabeza y, cuando cerró los ojos esperando lo peor, sintió que una soga le pegaba en la cara. Sin llegar a pensar, de un manotazo instintivo se aferró a esa soga. Quizás la soga se había quedado colgada de alguna amarra…si así fuera, podría ser que aguantara el chicotazo y detuviera su caída.
Miró hacia arriba pero todo era la ventisca y la nieve cayendo sobre él. Cada segundo parecía un siglo en ese descenso acelerado e interminable. De repente la cuerda pegó el tirón y resistió. El alpinista no podía ver nada pero sabía que por el momento se había salvado. La nieve caía intensamente y él estaba allí, como clavado a su soga, con muchísimo frío, pero colgado de este pedazo de lino que había impedido que muriera estrellado contra el fondo de la hondonada entre las montañas.
Trató de mirar a su alrededor pero no había caso, no se veía nada. Gritó dos o tres veces, pero se dio cuenta de que nadie podía escucharlo. Su posibilidad de salvarse ere infinitamente remota; aunque notaran su ausencia nadie podría subir a buscarlo antes de que pasara la nevisca y, aun en ese momento, ¿cómo sabrían que el alpinista estaba colgado de algún lugar del barranco?
Pensó que, si no  hacía algo pronto, éste sería el fin de su vida. Pero ¿qué hacer?
Pensó en escalar la cuerda hacia arriba para tratar de llegar al refugio, pero inmediatamente se dio cuenta de que eso era imposible. De pronto escuchó una voz. Una voz que venía desde su interior que le decía “suéltate”, “dejate caer no seas bobo, no ves que así no puedes seguir”, y sintió que la voz insistía “suéltate….suéltate”.
Pensó que soltarse significaba morirse en ese momento. Era la forma de parar el martirio. Pensó en la tentación de elegir la muerte para dejar de sufrir. Y como respuesta a la voz se aferró más fuerte todavía. Y la voz insistía “suéltate”, “no sufras más”, “es inútil este dolor, suéltate”. Y una vez más él se impuso aferrarse más fuerte aun, mientras conscientemente se decía que ninguna voz lo iba a convencer de soltar lo que sin lugar a dudas le había salvado la vida. La lucha siguió durante horas pero el alpinista se mantuvo aferrado a lo que pensaba que era su única oportunidad.
Cuenta la leyenda que a la mañana siguiente la patrulla de búsqueda y salvamento encontró al escalador casi muerto. La mano la tenía totalmente congelada y le quedaba apenas un hilito de vida, el alpinista pudo salvar su vida, paradójicamente aferrado a su soga… a menos de un metro del suelo. Si se hubiese soltado hubiese podido regresar por su propio pie al refugio pero no lo hizo por temor a perder su vida.
Reflexión
A veces, no soltar es la muerte.
A veces la vida está relacionada con soltar lo que alguna vez nos salvó.
Soltar las cosas a las cuales nos aferramos intensamente creyendo que tenerlas es lo que nos va a seguir salvando de la caída.
Todos tenemos una tendencia a aferrarnos a las ideas, a las personas y a las vivencias. Nos aferramos a los vínculos, a los espacios físicos, a los lugares conocidos, con la certeza de que esto es lo único que nos puede salvar. Creemos en “lo malo conocido”, como aconseja el dicho popular.
Y aunque intuitivamente nos damos cuenta de que aferrarnos a esto significará la muerte, seguimos anclados a lo que ya no sirve, a lo que ya no ésta, temblando por nuestras fantaseadas consecuencias de soltarlo.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga
Una pequeña oruga caminaba un día en dirección al sol. Muy cerca del camino se encontraba un saltamontes.
-¿Hacia dónde te diriges? – le preguntó. Sin dejar de caminar, la oruga contestó:
-Tuve un sueño anoche: soñé que desde la cima de la gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido realizarlo.
Sorprendido, el saltamontes dijo mientras su amiga se alejaba:
-¡Debes estar loco!, ¿cómo podrás llegar hasta aquel lugar? Tú,
¡una simple oruga! Una piedra será una montaña, un pequeño charco, un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable.
Pero la oruga ya estaba lejos y no lo escuchó, su diminuto cuerpo no dejó de moverse. De pronto se oyó la voz de un escarabajo:
-¿Hacia dónde te diriges con tanto empeño?
Sudando, la oruguita le dijo jadeante:
-Tuve un sueño y deseo realizarlo, subir a esa montaña y desde ahí contemplar todo nuestro mundo.
El escarabajo no pudo contener la risa, soltó la carcajada y luego dijo: -Ni yo, con mis grandes patas, intentaría realizar algo tan ambicioso…
Y se quedó en el suelo, muerto de risa, mientras la oruga continuaba su camino, avanzado unos centímetros.
Del mismo modo, la araña, el topo, la rana, la flor… y todos los que se fue encontrando en su camino, le aconsejaron a nuestra amiga desistir: -¡No lo lograrás jamás!- le dijeron, pero un impulso irresistible en su interior, obligaba a la oruga a seguir.
Y así lo hizo hasta que, agotada, sin fuerzas, se sintió morir, por lo que decidió parar a descansar, no sin antes construir, con un último esfuerzo un lugar donde pernoctar. -Estaré mejor-, fue lo último que dijo y dentro de su refugio, murió.
Todos los animales del valle fueron a mirar sus restos, ahí estaba el animal más loco del mundo, había construido un monumento a la insensatez como tumba, un duro refugio, digno de alguien que murió por querer realizar un sueño irrealizable, a todas luces.
Una mañana, en la que el sol brillaba de una manera especial, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se había convertido en una advertencia para los atrevidos.
De pronto quedaron atónitos, pues aquella especie de concha dura comenzó a resquebrajarse y vieron, con asombro, unos ojos y unas antenas que no podían ser, en ningún caso, de la oruga que había muerto.
Poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del impacto, fueron saliendo unas hermosas alas arco iris pegadas al minúsculo cuerpecito de una mariposa quien, lentamente, fue abriéndolas, mostrándolas en todo su esplendor.
Todos contemplaron impactados un impresionante y bello ser alado y comprendieron que bien podría, con facilidad, realizar el sueño de la pequeña oruga, el sueño por el que había vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto a vivir: ¡llegar hasta la cima de la montaña!
¡Cuán equivocados habían estado! ¡Y pensar que le habían aconsejado que desistiera…!
Reflexión:
Eres libre para elegir, para tomar decisiones aunque solo tú las entiendas; toma las decisiones con coraje, desprendimiento y, a veces con una cierta locura.
Para realizar un sueño hay que creer en él y vivir por él. Aún así, puede parecer que no lo lograremos, sobre todo cuando todos los que nos rodean no lo ven factible. Es ahí cuando un pequeño ser como la oruga puede acudir en nuestra ayuda, mostrándonos la dirección correcta.
Quizá todo consista en hacer un alto en el camino, como ella. Y, como ella, experimentar un cambio radical en nuestras vidas y, entonces, puede que… ¡lo logremos!
Aprender algo significa entrar en contacto con un mundo desconocido, en donde las cosas más simples son las más extraordinarias. Atrévete a cambiar, desafíate. No temas a los retos.
El mundo está en manos de aquellos que tienen el coraje de soñar y de correr el riesgo de vivir sus sueños.
Aunque no hay que olvidar que el éxito en la vida no se mide por los logros obtenidos, sino por los obstáculos a los que nos hemos tenido que enfrentar a lo largo de nuestro camino.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Conseguir todo lo que deseamos y pronto, es algo que no siempre está a nuestro alcance. Estar serenos cuando las circunstancias son adversas, demuestra el temple de las personas. Las crisis suponen un avance o un retroceso en nuestro camino, pero nunca son situaciones neutras. Son la manera que tiene la vida de hacernos despertar de nuestra rutina y de colocarnos frente a una experiencia que puede ser decisiva. Una crisis personal es una encrucijada ante la que solo hay dos salidas: anclarnos en lo que nos ha pasado o utilizar lo ocurrido como trampolín hacia un futuro mejor. Aceptar es reconocer que, de momento, las cosas son como son, y no como querríamos que fueran. Consiste en mirar el problema de frente y decirse: sí, el problema existe. El hecho de aceptarse propicia el cambio. Para curarse hay que reconocerse enfermo: “Si no aceptas tu enfermedad, añades angustia a tus síntomas y te conviertes en un enfermo del alma”. Y para progresar hay que reconocerse imperfecto. ¡No culpable u odioso, sino imperfecto! Sencillamente.
Permíteme que te cuente un cuento al respecto:
Un Rey ofreció un gran premio a aquel artista que pudiera captar en una pintura la paz perfecta.
Muchos artistas lo intentaron. El rey observó y admiró todas las pinturas, pero solamente hubo dos que a él realmente le gustaron y tuvo que escoger entre ellas.
La primera era un lago muy tranquilo. Este lago era un espejo perfecto donde se reflejaban unas plácidas montañas que lo rodeaban. Sobre éstas se encontraba un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos los que miraron esta pintura pensaron que ésta reflejaba la paz perfecta.
La segunda pintura también tenía montañas. Pero éstas eran escabrosas y descubiertas. Sobre ellas había un cielo furioso del cual caía un impetuoso  aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo parecía retumbar un espumoso torrente de agua. Todo esto no se revelaba para nada pacífico. Pero cuando el Rey observó cuidadosamente, él miró tras la cascada un delicado arbusto creciendo en una grieta de la roca. En este arbusto se encontraba un nido. Allí, en medio del rugir de la violenta caída de agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en el medio de su nido…Paz perfecta.
¿Cuál crees que fue la pintura ganadora?
El Rey escogió la segunda. ¿Sabes por qué? «Porque,» explicaba el Rey, «Paz, no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro o sin dolor. «Paz significa que a pesar de estar en medio de todas estas cosas permanezcamos calmados dentro de nuestro corazón. Este es el verdadero significado de la paz».

Reflexión:
Hay personas que viven enfrentadas consigo mismas por no aceptar lo que desearían que fuera de otro modo. La paz pasa por la aceptación tanto personal como ajena. Sería ilusorio pensar que a todo el mundo le caemos bien, no podemos olvidar que todos y cada uno de nosotros somos diferentes y nuestros estados de ánimo, cambiantes.
La ilusoria posibilidad de poderlo controlar todo, al menos lo que a nosotros nos afecta, nos sitúa inmediatamente fuera de la realidad. ¿Por qué? Porque no somos dueños de conducir cada acontecimiento a nuestro gusto. La contradicción y el desconcierto, cuando aparecen, nos recuerdan que el dominio sobre el mundo que nos rodea es mucho menor del que suponíamos. Pero estamos tan ensimismados planeando el mañana que no aprovechamos lo que nos está pasando hoy, y así, viviendo en el futuro, perdemos las oportunidades que nos ofrece cada día la vida. Pero puede pasar que, transcurridos los años, si pensamos en nuestra existencia, comprobemos asombrados que ha pasado sin darnos cuenta.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga
Cuenta una antigua y conocida leyenda que dos Ángeles viajeros se pararon para pasar la noche en el hogar de una familia muy adinerada. La familia era ruda y no quiso permitirles a los Ángeles que se quedaran en la habitación de huéspedes de la mansión. En vez de ser así, a los Ángeles les dieron un espacio pequeño en el frío sótano de la casa. A medida que ellos prepararon sus camas en el duro piso, el Ángel más viejo, vio una grieta en la pared. Se levantó y la arregló, utilizando sus poderes divinos, y volvió a sus rezos nocturnos.
Cuando el Ángel más joven preguntó ¿por qué?, el Ángel más viejo le respondió, “Las cosas no son siempre lo que parecen”.
La siguiente noche, el par de Ángeles vino a descansar en la casa de un matrimonio muy pobre, pero el señor y su esposa eran muy hospitalarios. Después de compartir la poca comida que la familia tenía, la pareja les permitió a los Ángeles que durmieran en su cama para que así pudieran tener una buena noche de descanso. Cuando los ángeles se despertaron al día siguiente, encontraron que la pareja no podía contener el llanto. El único bien que tenían, una vaca que les proporcionaba leche, queso y su única entrada de dinero, había aparecido muerta en el campo. Mientras andaban por el camino de barro, el Ángel más joven mostró toda su indignación y le preguntó al Ángel más viejo “- ¿Cómo pudiste permitir que esto hubiera pasado? El primer hombre lo tenía todo, sin embargo tú lo ayudaste”, el Ángel más joven lo seguía acusando, – “La segunda familia tenía muy poco, pero estaba dispuesta a compartirlo todo, y tú permitiste que la vaca muriera y no hiciste nada para aliviar su sufrimiento”.
– “Las cosas no son lo que parecen”, dijo el Ángel más viejo.
– “Cuando estábamos en aquel sótano horrible de la inmensa mansión, me di cuenta de que había mucho oro almacenado detrás de la pared. Debido a que el propietario estaba tan obsesionado con la avaricia y no estaba dispuesto a compartir su buena fortuna, yo sellé el hueco, de tal manera que nunca lo encontraría”. “Luego, anoche mientras dormíamos en la cama de la familia pobre, el Ángel de la muerte vino en busca de la esposa, sin embargo, como yo lo conozco desde hace años, lo convencí de que le quitara la vida a la vaca en lugar de la mujer.
Reflexión:
Muchas veces las cosas no son lo que parecen, es verdad. Y en realidad, casi nunca lo son, nos guste o no, las cosas son lo que son, no lo que nosotros esperamos de ellas. Pero cuando las cosas no ocurren como nosotros deseamos nos enojamos, nos sentimos culpables, o nos deprimimos mucho. Pero eso no cambiará lo que son las cosas. Estos son comportamientos por completo inútiles ya que son pensamientos y sentimientos que tienen una sola misión, la de entristecernos y arruinarnos la vida, de esta manera nos sentimos infelices, atrapado y lo que es peor, nuestra estima nos la deja muy deteriorada. Uno ganaría muchísimo si cuando las cosas no son lo que parecen renunciara a la ira, a auto-culparse y a deprimirse. Ganaría muchísimo, porque en realidad son una pérdida de tiempo. Podría aprovecharse mejor ese tiempo, cambiando uno mismo. Buscando en su propio interior otra manera de entender e interpretar las cosas. Evitando los arranques de furia, la auto-compasión, y el sentirse mal. Cuando una persona te alienta a creer una cosa, puede ser que las cosas no sean lo que parece, o cuando un proyecto parecía prometedor y las cosas luego no salen como esperábamos. Cambia entonces tú actitud. Sabemos que una persona sobrevive mejor cuando se adapta, cuando se adecua a la situación. Una persona vive mejor cuando es más flexible. Una persona es más inteligente y sabia cuando cambia de opinión según exigen las circunstancias, no cuando se empecina y se aferra a sus propias ideas. Por eso debemos recordar que las cosas no son siempre lo que parecen, de modo que lo mejor que puedes hacer, es cambiarte a ti mismo. Siempre es mejor cambiarse a si mismo que sufrir inútilmente.
Siempre es mejor ser feliz que infeliz.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga
En una tierra en guerra, había un rey que causaba espanto: ya que a sus prisioneros, no los mataba… los llevaba a una sala donde había un grupo de arqueros en un lado y en otro, una inmensa puerta de hierro, sobre la cual se veían grabados figuras de cadáveres cubiertos de sangre.
En esta sala les hacía formar un círculo y les decía a cada uno que eligieran, entre morir a flechazos por sus arqueros o pasar por esa puerta… El rey les decía “detrás de esa puerta yo os estaré esperando”.
Todos elegían ser muertos por los arqueros. Pero un día al terminar la guerra, un soldado que durante mucho tiempo había servido al rey se dirigió a él para preguntarle:
Señor ¿puedo hacerle una pregunta?
Dime, soldado.
Señor ¿Qué se esconde detrás de la puerta? El rey contestó… Ve y mira tu mismo.
El soldado, abrió temerosamente la puerta y a medida que lo hacía, los rayos de sol entraban y la luz invadió el ambiente, donde finalmente descubrió que, la puerta se abría sobre un camino que conducía hacia la LIBERTAD.
El soldado, embelesado, miró a su rey y éste le dijo.
Yo les daba la oportunidad de ELEGIR, pero todos preferían morir a arriesgar a abrir esta puerta.
Reflexión:
“¿Cuántos puertas dejamos de abrir por el miedo a arriesgar?, ¿Cuantas veces perdemos la libertad y morimos por dentro, solamente por sentir miedo de abrir la puerta de nuestros sueños?”
“Quedarse en lo conocido por miedo a lo desconocido, equivale a mantenerse con vida pero no vivir.”
Todos tenemos sueños, queremos resultados, buscamos oportunidades, pero no siempre estamos dispuestos a correr riesgos. No siempre estamos dispuestos a transitar caminos difíciles.
Una vez le preguntaron a Buda qué es lo que a él más le sorprendía de la humanidad y respondió:
“Los hombres, que pierden la salud para juntar el dinero y luego pierden el dinero para recuperar la salud y por pensar ansiosamente en el futuro, olvidan el presente de tal forma, que acaban por no vivir ni el presente, ni el futuro, viven como si nunca fuesen a morir y mueren como si nunca hubiesen vivido”.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga
El 18 de noviembre de 1994, Itzhak Perlman, el violinista, entró al escenario para dar un concierto en el Avery Fisher Hall del Centro Lincoln  en la ciudad de Nueva York.
Si alguna vez ustedes estuvieron en un concierto  de Perlman sabrán que para él, llegar al escenario es un pequeño logro. Tuvo polio cuando fue niño, tiene ambas piernas sujetas con bragueros y camina con la ayuda de dos muletas.
Verlo cruzar por el escenario dando un paso por vez, costosa y lentamente,  es una visión asombrosa. Camina penosa, pero majestuosamente, hasta que llega a su silla. Entonces se sienta lentamente, pone sus muletas en el suelo, afloja los  sujetadores de sus piernas, coloca un pie hacia atrás y extiende el otro hacia adelante, luego se inclina y levanta el violín, lo pone bajo su mejilla, hace una señal  al director y comienza a tocar.
Hasta ahora, la audiencia estaba acostumbrada a este ritual. Ellos permanecen sentados mientras él hace su trayecto hasta su silla. Permanecen reverentemente silenciosos mientras  afloja los sujetadores de sus piernas, y esperan hasta que esté listo para tocar.
Pero esta vez algo  anduvo mal… Justo cuando él terminaba sus primeras estrofas, una de las cuerdas de su violín se rompió. Se pudo escuchar el ruido, sonó como un tiro atravesando el salón.
No había equivocación sobre lo que ese sonido significaba. No había tampoco dudas sobre lo que él tendría que hacer. Los que estaban allí esa noche, pensaron para sí mismos:
-«Tendrá que levantarse, ponerse los bragueros nuevamente, levantar las muletas y arrastrarse fuera del escenario, ya sea para encontrar otro violín o para encontrar otra cuerda para el suyo».
Pero no lo hizo. En su lugar, esperó un momento, cerró sus ojos y luego hizo la señal al director de comenzar nuevamente.
La orquesta comenzó, y el tocó desde el punto en el que se había detenido. ¡Y tocó con tanta pasión, tanto poder y tanta pureza, como ellos nunca lo habían escuchado antes!
Por supuesto, todo el mundo sabía que es imposible interpretar un trabajo sinfónico con solo tres cuerdas. Yo sé eso y ustedes también lo saben, pero esa noche Itzhak Perlman rehusó saberlo. Se lo podía ver modulando, cambiando, recomponiendo la pieza en su cabeza. En un punto eso sonó como si estuviera sacando el tono de las cuerdas que se habían roto y extrayendo nuevos sonidos de ellas que nunca habían dado antes.
Cuando terminó, hubo un impresionante silencio en el salón… y entonces la gente se levantó y lo aclamó. Hubo un extraordinario aplauso proveniente de cada rincón del auditorio. Estábamos todos de pie gritando y animando, haciendo todo lo que podíamos, para demostrar cuanto apreciábamos lo que acababa de hacer.
El sonrió, se secó el sudor de sus cejas, detuvo su inclinación para aquietarnos y luego dijo, no con presuntuosidad sino en un tono reverente, pensativo, sereno:
-«Ustedes saben, algunas veces la tarea del artista es descubrir cuanta música puede uno hacer con lo que aún le queda»…
¡Qué maravillosa reflexión ésta! Ha permanecido en mi mente siempre desde que la escuché. Y… ¿Quién sabe?…  Tal vez es la definición de la vida, no solo para los artistas sino para todos nosotros. Aquí hubo un hombre que se ha preparado toda su vida para hacer música con un violín de cuatro cuerdas, quien repentinamente, en medio de un concierto, se encuentra con solo tres, así que él hace música con tres cuerdas y la música que hizo esa noche solo con tres fue más hermosa, más sagrada, más memorable que ninguna que él haya hecho jamás en un violín con sus cuatro cuerdas.
Así que, tal vez, nuestra tarea en este mundo que vivimos, confuso, inestable y que cambia velozmente, sea hacer música; al principio con todo lo que tenemos y luego, cuando eso ya no es más posible,…hacer música con todo lo que nos quede! 
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Cuentan que en un lejano reino, había un jardín cuyas flores no se marchitaban, todos decían que era el buen Rey que con su amor y dedicación las mantenía siempre frescas y vivas.
Cada mañana el buen Rey se asomaba a su balcón y admiraba el hermoso jardín plagado de las más bellas y raras flores, que traídas de todos los reinos, él cuidaba.
Un día llego a palacio una niña pidiendo audiencia al rey, se la veía preocupada y un poco triste, entre sus manos traía una pequeña maceta con una rosa casi marchita. Uno de los mayordomos del rey pregunto a la niña:
         ¿Qué te ocurre?, ¿Para qué deseas ver al rey?
La niña apenada contesto.
         Mi flor se marchita, tiene un gusano que no la deja vivir.
El mayordomo sabedor de lo importante que para el rey eran las flores, acudió rápido hasta donde el se encontraba, contándole lo sucedido y pidiéndole que recibiera a la niña.
El rey acudió inmediatamente a recibirla. Ya en presencia del rey la niña le contó lo que ocurría.
         Yo la he cuidado y le he dado cariño pero ha enfermado y no puedo hacer nada.
El rey le contesto:
         No es culpa tuya que tú rosa enfermara, no es culpa de nadie. Ahora la llevaremos a mí jardín, la cuidaremos, tendremos que ponerle un producto para eliminar el gusano, quizás algunos de sus pétalos se caigan y creas que esta peor pero debes venir a verla todos los días, seguir dándole tu cariño y tu amor, a pesar del aspecto que tenga, seguirá siendo tu rosa.
         Debes entender- dijo el rey- que si no la dejas sola, la prodigas mimos, pero no en exceso, le vas a ayudar; debes saber que ella se sentirá mal a veces y a pesar de no poder hablarte te agradecerá tus cuidados.
Después de un tiempo, aquella rosa empezó a sentirse mejor, todo lo que el buen rey le había dicho era cierto.
Con amor, cariño y confianza todo se supera, aunque creas a veces que todo termina, es cuando de verdad empieza la vida.
                                                              
Reflexión:
Me gustaría empezar agradeciéndole a Ana María, un familiar de una paciente que en estos momentos esta en tratamiento con quimioterapia, su generosidad por querer compartir conmigo este hermoso relato, para que yo a su vez lo pueda compartir con todos vosotros.
No debemos olvidar que ante un diagnóstico adverso, solemos pasar por diferentes estadios, desde la incredulidad y la sensación de injusticia hasta el desamparo y la rabia. Pero enfermedad no es sinónimo de tristeza y frustración sino una oportunidad: para emprender un nuevo camino, descubrir capacidades, crecer…Toda la familia se enfrenta a una nueva vida, esta “segunda oportunidad” se aprovecha para hacer lo que hasta ahora no habían hecho, viajar, leer, escuchar música, expresar los afectos, pintar, escribir, en definitiva darle un nuevo sentido a la vida.
La enfermedad puede hacer más conscientes nuestros deseos y ayudarnos a vivir el presente y el amor hacia nuestros seres queridos con mayor intensidad.
Tener una enfermedad, o vivirla de cerca, hace que las personas se hagan conscientes de que la vida es frágil, de que puede cambiar en el momento menos esperado. Esta situación nos enseña a soltar el lastre de los hechos pasados para, en lugar de “preocuparnos” por el futuro, “ocuparnos” del momento presente con todas nuestras energías.
Son momentos en los que uno debe tener:
“Serenidad para aceptar las cosas que no puede cambiar, Valor para cambiar aquellas que sí puede y Sabiduría para distinguir entre ambas cosas”.
                                                               Montse Parejo
Psico-Oncóloga