Un monje decidió meditar solo, lejos de su monasterio. Tomó su bote hasta el centro del lago, lo amarró allí, cerró los ojos y empezó a meditar. Después de unas horas de silencio, sintió el repentino golpe de otro bote chocando con el suyo.

Con los ojos aún cerrados sintió que su ira aumentaba. Estaba listo para gritarle al barquero que tan descuidadamente había perturbado su meditación. Pero, cuando abrió los ojos, se sorprendió al descubrir que se trataba de un bote vacío el que había golpeado al suyo.

Probablemente se había desatado y flotaba hacia el centro del lago.

En ese momento, el monje tuvo una gran revelación. Comprendió que el enojo estaba dentro de él; sólo necesitaba el golpe de un objeto externo para sacarlo fuera de él. A partir de entonces, cada vez que encontraba a alguien que lo irritaba, se recordaba a sí mismo, que la otra persona no era más que un bote vacío: ya que la ira estaba dentro de él.

                                                                                        Anónimo

Besos y Abrazos

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Cuentan que Nelson Mandela compartió la siguiente anécdota:

«Después de convertirme en presidente, le pedí a algunos miembros de mi escolta que fuésemos a pasear por la ciudad. Tras el paseo, fuimos a almorzar a un restaurante.
Nos sentamos en uno de los más céntricos, y cada uno de nosotros pedimos lo que quiso. Después de un tiempo de espera apareció el camarero trayendo nuestros menús. Fue justo entonces cuando me di cuenta de que en la mesa que estaba justo frente a la nuestra, había un hombre solo, esperando ser atendido.

Cuando fue servido, le dije a uno de mis soldados: ve a pedirle a ese señor que se una a nosotros.

El soldado fue y le transmitió mi invitación. El hombre se levantó, cogió su plato y se sentó justo a mi lado.

Mientras comía sus manos temblaban constantemente y no levantaba la cabeza de su comida. Cuando terminamos, se despidió de mí sin apenas mirarme, le di la mano y se marchó.
El soldado me comentó:

Madiva, ese hombre debía estar muy enfermo, ya que sus manos no paraban de temblar mientras comía.

– ¡No, en absoluto! la razón de su temblor es otra.

Me miraron extrañados y les conté:

-Ese hombre era el guardián de la cárcel donde yo estuve encerrado. A menudo, después de las torturas a las que me sometían, yo gritaba y lloraba pidiendo un poco de agua y él venía me humillaba, se reía de mí y en vez de darme agua, se orinaba en mi cabeza.

Él no estaba enfermo, lo que estaba era asustado y temblaba quizás esperando que yo, ahora que soy presidente de Sudáfrica, lo mandase a encarcelar y le hiciese lo mismo que él me hizo, torturarlo y humillarlo. Pero yo no soy así, esa conducta no forma parte de mi carácter, ni de mi ética. Las mentes que buscan venganza destruyen los estados, mientras que las que buscan la reconciliación construyen naciones.»   Nelson Mandela

Si te trataron mal, tienes la posibilidad de dar una respuesta totalmente distinta y quizás sea esa, la que desmonte a quién te considero tu enemigo.

Cuando respondes con agresión, haces que el ataque sea lo que se espera, pero cuando respondes con amor, desmontas hasta al más villano.

Besos y Abrazos

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Vivimos sumergido en esa búsqueda continua de la felicidad, sin darnos cuenta que al hacerlo dejamos de apreciar lo que tenemos, creyendo que estaríamos mejor o seríamos más felices si nos pasase tal o cual cosa.

Si me permiten les voy a contar una sencilla parábola en la que a través del “café”, se nos brinda una nueva perspectiva de la vida.

Un grupo de profesionales, todos triunfadores en sus respectivas carreras, se juntó para visitar a su antiguo profesor. Pronto en plena charla surgieron las quejas acerca del interminable estrés que les producía el trabajo y la vida en general.

El profesor les ofreció café, fue a la cocina y pronto regresó con una cafetera grande y una gran colección de tazas de porcelana, plástico, vidrio, cristal… Unas sencillas y baratas, otras decoradas, con grandes detalles y otras muy caras.

El profesor les dijo tranquilamente que escogieran una taza y se sirvieran un poco del café recién preparado.

El viejo maestro se aclaró la garganta y con mucha calma y paciencia se dirigió al grupo: – Se habrán dado cuenta, de que todas las tazas, las más bonitas fueron las primeras que se terminaron, quedando las más sencillas, las más feas y las de menos calidad; lo que es natural, ya que cada uno elige lo mejor para sí mismo. Ésa es realmente la causa de muchos de sus problemas relativos al estrés. Les aseguro que la taza no le añadió calidad al café. En verdad, la taza solamente disfraza o reviste lo que bebemos. Lo que ustedes querían era el café, no la taza, pero instintivamente buscaron las mejores. Después se pusieron a mirar las tazas de los demás.

“Ahora piensen en esto: La vida es el café. El trabajo, el dinero, la posición social, etc.…tan sólo son las tazas, que le dan forma y soporte a la vida. El tipo de taza que tengamos no define ni cambia realmente la calidad de vida que llevamos. A menudo, por concentrarnos sólo en la taza dejamos de disfrutar el café”.

Como diría Oscar Wilde, “Vivir es la cosa más rara del mundo. La mayoría de la gente simplemente existe».

¡Así, que no dejen de disfrutar de su café, yo seguiré disfrutando del mío!

Besos y Abrazos

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Había una vez una manzanita que siempre quiso ser una estrella, ella nunca quiso ser manzana, así que un día se dispuso a hablar con Dios y le dijo:

  • Dios, ¿Te puedo pedir un favor?

Y Dios, le dijo: – Sí, pídemelo.

  • Me gustaría que me pusieras en la rama más alta de un árbol y quisiera quedarme ahí.
  • ¿Pero por qué quieres estar en una rama tan alta? Le preguntó Dios.
  • Porque, me encanta contemplar todas las estrellas. Yo creo que, si veo las estrellas, seré feliz.

Y Dios, se lo concedió. Pero la manzana después de un tiempo con la confianza, le dijo de nuevo:

  • Oye, Dios.
  • Dime, manzanita.
  • ¿Te puedo pedir otro favor?
  • ¡Dime!
  • Puedes permitir que venga un ave grande, me corte de este árbol y me lleve a una montaña. Quiero llegar a una montaña, a lo más alto que se pueda.
  • ¿Para que quieres ir a una montaña? Le dijo Dios.
  • Quiero ver las estrellas lo más cerca que se pueda, es más me encantaría tocar una.

Dios, con mucho amor, contemplo a la manzana y le dijo:

  •  Mira manzanita, tú no necesitas ver a una estrella para ser feliz, es más ni siquiera necesitas contemplarla, y te voy a decir por qué.

Dios, cogió un cuchillo y partió a la manzana por la mitad.

  • Lo que tú no sabes manzana, es que, dentro de ti, yo puse una estrella muy especial. Y la felicidad que tú estás buscando, no está afuera, sino dentro.

La manzanita, se volvió y le dijo a Dios:

  •  Uauhh! Tenías razón, hoy quiero buscar la felicidad que está dentro de mí, pero ya es tarde, ahora estoy partida.

Reflexión:

Cada uno de nosotros puede llegar a ser feliz y en ocasiones no nos damos cuenta, ya que creemos que la felicidad está afuera, y no es así. Cada uno de nosotros somos seres especiales, pero no solemos mirar hacia dentro, nos pasa igual que a la manzanita que no sabía que la estrella que tanto anhelaba ya estaba en ella.

Muchos tienen que pasar por un proceso de dolor, por un proceso de prueba, quizás muchos tienen que ser partidos para darse cuenta de que eran felices y quizás no lo habían valorado.

La verdadera felicidad no está en querer tener todo lo que uno desea, no es anhelar todo lo que uno quiere.

La verdadera felicidad es querer lo que tú ya tienes, ¿Qué tienes que aún no te has dado cuenta? Todos estamos dotados de un enorme corazón para amar, para perdonar y sobre todo para escuchar la voz de tú interior.

“Nadie sabe lo que tiene, hasta que lo pierde”.

Montse Parejo.
Psico-Oncóloga

Había una vez un monje que en todo momento buscaba la perfección. No soportaba la menor imperfección en los cánticos religiosos; una arruga en la ropa; un plato mal lavado; una palabra mal dicha; un error o equivocación por insignificante que fuera. Le resultaba intolerable si algún compañero bostezaba en los oficios religiosos o si veía una mota de polvo en los bancos de la iglesia.

Sufría mucho con sus compañeros en el monasterio y, convencido de que allí no le iba a resultar posible encontrar la perfección, pidió permiso al abad para irse a vivir completamente solo. Se llevó lo imprescindible: algunas ropas, sus libros de rezos y un cántaro para llenarlo con agua del río.

Eligió como morada un lugar muy bello y pasó la noche en oración. Cuando amaneció, se despertaron los pájaros y las flores y pensó, agradecido, que allí sí, por fin, encontraría la perfección deseada.

A media mañana tuvo sed, fue al río a buscar agua y, al cargar el cántaro, se le derramo un poco de su contenido. No aceptó esa mínima imperfección, arrojo el agua con despecho y se le mojaron y enfangaron los pies con el polvo del camino. Volvió a tomar agua y de nuevo se le derramó. Repitió la operación con cierta inquietud y, a la tercera vez, llenó de cólera, quebró el cántaro.

  • “La causa de mi cólera no está en los demás- pensó al calmarse-. El enemigo está aquí adentro”.

Regreso al monasterio, pidió perdón y desde aquel día, empezó a ver con ojos nuevos y cariñosos a sus compañeros.

Cuento extraído del libro «Aplícate el cuento» de Jaume Soler y M.Mercé Conangla.

Reflexión

Todo comienza con nuestros pensamientos.

Cuando piensas un pensamiento acerca de algo o de alguien, tu pensamiento se convierte en tu manera de ver, no ven nuestros ojos físicos, son nuestras ideas las que nos muestran lo que vemos. Es el pensamiento el que nos genera visión.

Si lo que vemos es una proyección de nuestros pensamientos y somos libres de elegir lo que pensamos entonces, podemos dejar de ser víctimas impotentes pues tenemos el poder de cambiar los pensamientos que nos causan dolor.

“No son las personas las que te molestan, ere tú quien se molesta por lo que las personas dicen, hacen o dejan de decir o de hacer, por lo tanto, la solución a tu molestia está dentro de ti.
Deja de querer cambiar al otro y trabaja primero en ti”.

Besos y Abrazos

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Un rey soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó llamar a un Sabio para que interpretase su sueño.

-¡ Qué desgracia mi señor!- exclamó el Sabio. Cada diente caído representa la pérdida de una pariente de vuestra majestad.

-¡Qué insolencia!- gritó el Rey enfurecido- ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa?¡Fuera de aquí!

Llamó a la guardia y ordenó que le dieran cien latigazos. Más tarde ordenó que le trajesen a otro Sabio y le contó lo que había soñado. Éste, después de escuchar al Rey con atención le dijo:

-¡Excelente señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes.

Se iluminó el semblante del Rey con una gran sonrisa y ordenó que le dieran cien monedas de oro. Cuando el Sabio salía salía del Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado:

-¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el primer Sabio. No entiendo por qué al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro.
– Recuerda bien amigo mío -respondió el segundo Sabio- que todo depende de la forma en el decir.

Reflexión

Uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. Que la verdad debe ser dicha en cualquier situación, de esto no cabe duda, mas la forma con que debe ser comunicada es lo que provoca en algunos casos, grandes problemas. La verdad puede compararse con una piedra preciosa:
Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura, ciertamente será aceptada con agrado.

El hombre ha recibido el don de la palabra… y cuando la emplea adecuadamente transmite mensajes que nos ayudan a ser mejores.

Besos y Abrazo

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Buda había estado caminando durante cuarenta años con una luz y miles le habían seguido. Ahora se estaba muriendo. Un día por la mañana dijo:

– «Éste es mi último día. Si tenéis algo que preguntar, preguntad «.

El momento había llegado, ahora seguiría su propio camino. Una infinita oscuridad rodeó a los que allí estaban. Ananda, el principal discípulo de Buda, empezó a llorar como un niño, casi enloquecido. Buda le dijo:

– «¿Qué haces Ananda?»

Éste le dijo: – «¿Qué vamos a hacer ahora? Estabas aquí, seguíamos tu luz. Estábamos a salvo, nos sentíamos seguros y habíamos olvidado por completo que existía la oscuridad. Siguiéndote, todo estaba claro. Cuarenta años y ahora nos dejas en una oscuridad completa. ¡No nos dejes en la oscuridad! ¿Qué sucederá cuando te hayas ido? Estaremos perdidos para siempre».

Y empezó a sollozar y gemir de nuevo.

Buda le dijo: – «Escucha. Durante cuarenta años has caminado con mi luz y no has podido alcanzar tu propia luz. ¿Crees que si vivo durante cuarenta años más alcanzarás tu propia luz? Ni aunque fueran cuatro mil o cuatro millones de años. Cuanto más te acostumbras a caminar con una luz prestada, más imitativo te vuelves, más te pierdes. Es mejor que me vaya».

Las últimas palabras en los labios de Buda fueron «Sé una luz en ti mismo”.
Murió diciendo «Sé una luz en ti mismo».

 Reflexión:

Muchas veces nos sentimos en la más absoluta oscuridad, es como si hubiésemos bajado todas las persianas de nuestra casa, cada resentimiento que guardamos simula una persiana opaca y nos guste o no cargamos muchos resentimientos, el perdón, sería algo así como querer ver las cosas de otra manera, es como si descorriésemos las cortinas y fuese entrando esa luz que tanto ansiamos. Continuamente buscamos la luz a fuera. A veces nos sentimos deslumbrados por otros seres a los que le atribuimos que están llenos de luz, tratamos de seguirlos, los admiramos y no nos damos cuenta de que lo que vemos en ellos no deja de ser lo que somos nosotros, pero eso dista mucho de que nos pueda entrar en nuestra cabeza ya que nos resistimos a creerlo. Una vez escuche, “Lo que ves fuera está dentro y lo que está dentro es fuera”. No puedes ver nada que no exista en ti.

No nos damos cuenta de nuestra valía, de nuestra grandeza, en definitiva, de nuestra luz, somos LUZ.

Sorprendentemente todas las religiones te llevan al mismo sitio, a que mires dentro de ti, pero nos da tanto miedo hacerlo, creemos que dentro de nosotros no hay nada bueno, ¡cuán equivocados estamos! Dentro de nosotros está el Ser en toda su plenitud, no somos conscientes de que nuestros resentimientos, amarguras, miedos, preocupaciones ocultan nuestra luz.

Nos empeñamos en cambiar lo que no se puede cambiar, la mayoría de las veces queremos cambiar a los demás o los resultados que obtenemos y haciendo esto volcamos toda nuestra energía, sintiéndonos que la vida nos maltrata. Si invirtiéramos esta energía en cambiar lo que si podemos cambiar, es decir, a nosotros mismos, nos daríamos cuenta de que la vida nos ama, veríamos que quién no se ha amado nunca, es uno mismo. Nos hemos quedado esperando a que los demás nos den o nos traten o nos tengas en consideración, pero si esto no lo obtengo de los demás, tendré que empezar mínima mente a dármelo yo, como dijo Buda, sé una luz en ti mismo.

Besos y Abrazos

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Un discípulo no terminaba de comprender. Cada vez que tenía una contrariedad se desesperaba, se abatía o incluso se hundía en el mayor desánimo. Sin embargo, su maestro, imperturbable, siempre le decía:
– ¡Está bien, está bien!
El discípulo se preguntaba si al maestro nunca le sucedía nada desagradable o nunca padecía ninguna contrariedad, pues decía con ánimo sosegado: ¡Está bien, está bien!
Intrigado, el discípulo le preguntó un día: – Pero ¿es que nunca te enfrentas a situaciones que no pueden ser resueltas? No comprendo por qué siempre dices “está bien, está bien”, como si nada adverso te ocurriese nunca.
El maestro sonrió y dijo: – Sí, sí, todo está bien.
– Pero ¿por qué?, preguntó soliviantado el discípulo.
– Porque no puedo solucionar una situación en el exterior, la resuelvo dentro de mí, cambiando mi actitud. Ningún ser humano puede controlar todas las circunstancias y eventos de la vida, pero si puede aprender a controlar su actitud ante ellos. Por eso, todo está bien, todo está bien.

Reflexión
Cuando no se puede modificar una situación en el exterior, hay que cambiar la actitud interior para no añadir sufrimiento al sufrimiento, tensión a la tensión. Se puede aprender a regular los comportamientos internos y externos, incluso modificar los modelos mentales que añaden conflicto al conflicto y desdicha a la desdicha. Dentro de cada uno de nosotros hay un “crítico” capaz de decirse cosas negativas y mezquinas en tono hostil. Pero también hay un “apaciguador”, una parte compasiva que posee la capacidad de calmarnos con comentarios de aceptación en todo amable y compasivo. La compasión hacía uno mismo es un regalo al alcance de todo el que esté dispuesto a descubrirla. Cuando desarrollamos el hábito de la bondad interior, el sufrimiento se convierte en una oportunidad para experimentar el amor y ternura hacia nosotros mismos. No importa lo difícil que se pongan las cosas, siempre podemos rodear a nuestro “yo” maltrecho con un tierno abrazo. Podemos calmar y consolar nuestro propio dolor, igual que un niño se consuela y se calma en brazos de su madre. No tenemos que esperar a ser perfectos ni a que la vida transcurra exactamente como queremos para poder sentirnos bien con nosotros mismos. No es necesario tener que encontrar fuera de nosotros a otra persona que nos brinden la aceptación y la seguridad que todos anhelamos. Está seguridad y aceptación debes aprender a dártela tú mismo. No te olvides que uno mismo es la única persona que se conoce de verdad, el que mejor sabe lo que necesita y es la única persona que está disponible las 24 horas del día para proporcionarte comprensión, atención y cariño.

Besos y Abrazos

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Este cuento está inspirado en una historia del libro “El arte de combinar el SI con el NO”, de Ricardo Bulmez.

Lola, experta antropóloga, invitó a su amigo Juan a una excursión para ver a los gorilas. Una vez que los dos estaban montaña adentro, Lola iba vigilante y pendiente de sus prismáticos listos para divisar a cualquier gorila. Pero el amigo iba mirando nerviosamente para todas partes y sobre todo al suelo.

  • ¡Lola! – grito Juan, ¿aquí hay culebras?
  • No, no hay, respondió Lola con mucha firmeza.

Pero el inexperto Juan continuó nervioso, temía la aparición de alguna serpiente.

Sorprendido ante algo que pisaba y se movía, gritó despavorido:

  • “¡Lola una culebra!”
  • ¡Eso no es una culebra, eso es una rama! Dijo Lola sin dejar un momento de estar atenta.

Pero el aficionado Juan sumamente asustado y sudando de miedo, todavía sentía que algo se movía bajo sus pies y gritó de nuevo:

  • “¡Cuidado, esto sí es una culebra!”

La antropóloga perdiendo la paciencia, se volvió hacia él y le dijo enfáticamente:

  • ¡Oye Juan! ¿Qué viniste a hacer aquí?, ¿A avistar gorilas o a buscar culebras? El que va a la montaña a ver gorilas los encuentras, ¿por qué? Porque los hay. En estas montañas hay gorilas y si no, los inventa. El que va a la montaña a buscar culebras las encuentra, ¿Por qué? Porque las hay y si no, las inventa o se las imagina, pero no se viene sin sus culebritas. Y si no las ve, elabora también su buen cuento:” ¡Mira, se me apareció una serpiente de cinco metros por lo menos, si no corro ya estaría muerto, me hubiera picado!”. Y si de verdad no hay culebras, cualquier ramita o raíz se convierte para él en una de ellas. Así pasa en la vida.

 

Reflexión

El que viene a vivir para encontrar gorilas los encuentra, el que viene a buscar la felicidad la encuentra, porque la felicidad está aquí, la vida tiene momentos bellos y placenteros, los hay ¡por supuesto! Sí, en esta vida hay momentos agradables, muy agradables. Para el que viene a buscar la dicha cualquier momento es motivo de alegría, aunque sea doloroso. Y si la felicidad no está en esta vida, entonces la inventa. Pero no se va de este mundo sin conseguirla. También pasa al revés. El que viene a esta vida a buscar culebras las encuentra, el que viene a buscar tristeza la encuentra porque en esta vida también existe la tristeza. Sí, hay momentos tristes y amargos, los hay ¡claro que sí! Y el que no los tiene, los inventa. El que busca la amargura, la encuentra todo el tiempo y pasa por este mundo sufriendo. El que busca defectos en las demás personas los encuentra porque los tienen, y si no los tienen, uno se los ve porque se los busca. Si busca las cosas buenas en el prójimo también las encuentra, porque la gente que nos rodea tiene muchas cualidades. Si buscas la felicidad, la encontrarás. Si buscas la tristeza, también la encontrarás.

Si llenas tu corazón de lo que estás buscando, lo encontrarás.

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Paseaban el maestro y el aprendiz por el bosque y de pronto el maestro le dijo al alumno: “¿ves esa bellota? Cógela”. El alumno la cogió, y ambos siguieron andando. De pronto se encontraron con un arbolito pequeñito y el maestro le dijo al alumno: “¿ves ese arbolito? Trata de arrancarlo”. El alumno tras mucho esfuerzo al fin lo logró. Siguieron andando y se toparon de frente con un inmenso roble grande y frondoso, con tronco grueso y raíces profundas. El maestro le dijo al alumno: “¿Ves ese roble? Arráncalo”. El alumno miró al maestro extrañado y le dijo: “maestro si con el arbolito casi no pude, ¿cómo voy a poder arrancar este roble?”. El maestro contestó: “tus hábitos son como ese roble, cuando están muy profundamente arraigados es prácticamente imposible cambiarlos. Todo empieza con esa diminuta bellota que llevas en las manos. Si identificas que es negativo al principio es fácilmente remplazable. Si lo dejas por mucho tiempo, te pasará como con el arbolito, costará, pero con esfuerzo lo lograrás. Si dejas que tus hábitos negativos se instalen en tu vida demasiado tiempo, se convertirán en un enorme roble imposible de arrancar”.
 
Reflexión:
Empezamos a saber que percibimos la realidad a través de un filtro que son nuestras creencias. No vemos con los ojos, vemos con nuestro cerebro. Los ojos captan la información, el cerebro la procesa y emite un juicio. Le da un significado. El cerebro procesa en función de sus creencias, condicionamientos (lo que hemos oído, visto y nuestras propias experiencias), presuposiciones, cultura, etc.
Muchas personas tienden a pensar que sus creencias son universalmente ciertas y esperan que los demás las compartan. No se dan cuenta que el sistema de creencias y valores es algo exclusivamente personal y en muchos casos muy diferentes del de los demás. Nosotros no vivimos la realidad en sí, sino una elaboración mental de la misma. Lo que hace que la vida sea un constante manantial de esperanza y ricas alternativas o una inevitable fuente de sufrimiento.
Cuando una creencia se instala en nosotros de forma sólida y consistente (cómo el roble), nuestra mente elimina o no tiene en cuenta las experiencias que nos casan con ella. Por eso se dice que, “No vemos las cosas tal cual son, las vemos tal cual somos”.
Es bien sabido que, si alguien realmente cree que puede hacer algo, lo hará y si cree que es imposible hacerlo, ningún esfuerzo por grande que éste sea logrará convencerlo de que se pueda realizar. Todos tenemos creencias que nos sirven como recursos y también creencias que nos limitan. Sería bueno pasar a integrar la “duda” en nuestras vidas. Nos podríamos plantear varias suposiciones: “¿Y por qué tiene que ser así? ¿O porque yo no voy a poder? Abrirnos a otras posibilidades sería lo más adaptativo, pero para ello tendremos que empezar a aprender a “dudar”, pero no del “otro” sino de nosotros mismos.

 

“No podemos no tener creencias”, diríamos que es una necesidad del ser humano. Podríamos decir que “una creencia no es solamente una idea que la mente posee, sino una idea que posee a la mente”. Muchas personas tienen una idea de lo que es correcto pero muy pocas se cuestionan si esa idea es correcta.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga