Había una vez una manzanita que siempre quiso ser una estrella, ella nunca quiso ser manzana, así que un día se dispuso a hablar con Dios y le dijo:

  • Dios, ¿Te puedo pedir un favor?

Y Dios, le dijo: – Sí, pídemelo.

  • Me gustaría que me pusieras en la rama más alta de un árbol y quisiera quedarme ahí.
  • ¿Pero por qué quieres estar en una rama tan alta? Le preguntó Dios.
  • Porque, me encanta contemplar todas las estrellas. Yo creo que, si veo las estrellas, seré feliz.

Y Dios, se lo concedió. Pero la manzana después de un tiempo con la confianza, le dijo de nuevo:

  • Oye, Dios.
  • Dime, manzanita.
  • ¿Te puedo pedir otro favor?
  • ¡Dime!
  • Puedes permitir que venga un ave grande, me corte de este árbol y me lleve a una montaña. Quiero llegar a una montaña, a lo más alto que se pueda.
  • ¿Para que quieres ir a una montaña? Le dijo Dios.
  • Quiero ver las estrellas lo más cerca que se pueda, es más me encantaría tocar una.

Dios, con mucho amor, contemplo a la manzana y le dijo:

  •  Mira manzanita, tú no necesitas ver a una estrella para ser feliz, es más ni siquiera necesitas contemplarla, y te voy a decir por qué.

Dios, cogió un cuchillo y partió a la manzana por la mitad.

  • Lo que tú no sabes manzana, es que, dentro de ti, yo puse una estrella muy especial. Y la felicidad que tú estás buscando, no está afuera, sino dentro.

La manzanita, se volvió y le dijo a Dios:

  •  Uauhh! Tenías razón, hoy quiero buscar la felicidad que está dentro de mí, pero ya es tarde, ahora estoy partida.

Reflexión:

Cada uno de nosotros puede llegar a ser feliz y en ocasiones no nos damos cuenta, ya que creemos que la felicidad está afuera, y no es así. Cada uno de nosotros somos seres especiales, pero no solemos mirar hacia dentro, nos pasa igual que a la manzanita que no sabía que la estrella que tanto anhelaba ya estaba en ella.

Muchos tienen que pasar por un proceso de dolor, por un proceso de prueba, quizás muchos tienen que ser partidos para darse cuenta de que eran felices y quizás no lo habían valorado.

La verdadera felicidad no está en querer tener todo lo que uno desea, no es anhelar todo lo que uno quiere.

La verdadera felicidad es querer lo que tú ya tienes, ¿Qué tienes que aún no te has dado cuenta? Todos estamos dotados de un enorme corazón para amar, para perdonar y sobre todo para escuchar la voz de tú interior.

“Nadie sabe lo que tiene, hasta que lo pierde”.

Montse Parejo.
Psico-Oncóloga

Había una vez un monje que en todo momento buscaba la perfección. No soportaba la menor imperfección en los cánticos religiosos; una arruga en la ropa; un plato mal lavado; una palabra mal dicha; un error o equivocación por insignificante que fuera. Le resultaba intolerable si algún compañero bostezaba en los oficios religiosos o si veía una mota de polvo en los bancos de la iglesia.

Sufría mucho con sus compañeros en el monasterio y, convencido de que allí no le iba a resultar posible encontrar la perfección, pidió permiso al abad para irse a vivir completamente solo. Se llevó lo imprescindible: algunas ropas, sus libros de rezos y un cántaro para llenarlo con agua del río.

Eligió como morada un lugar muy bello y pasó la noche en oración. Cuando amaneció, se despertaron los pájaros y las flores y pensó, agradecido, que allí sí, por fin, encontraría la perfección deseada.

A media mañana tuvo sed, fue al río a buscar agua y, al cargar el cántaro, se le derramo un poco de su contenido. No aceptó esa mínima imperfección, arrojo el agua con despecho y se le mojaron y enfangaron los pies con el polvo del camino. Volvió a tomar agua y de nuevo se le derramó. Repitió la operación con cierta inquietud y, a la tercera vez, llenó de cólera, quebró el cántaro.

  • “La causa de mi cólera no está en los demás- pensó al calmarse-. El enemigo está aquí adentro”.

Regreso al monasterio, pidió perdón y desde aquel día, empezó a ver con ojos nuevos y cariñosos a sus compañeros.

Cuento extraído del libro «Aplícate el cuento» de Jaume Soler y M.Mercé Conangla.

Reflexión

Todo comienza con nuestros pensamientos.

Cuando piensas un pensamiento acerca de algo o de alguien, tu pensamiento se convierte en tu manera de ver, no ven nuestros ojos físicos, son nuestras ideas las que nos muestran lo que vemos. Es el pensamiento el que nos genera visión.

Si lo que vemos es una proyección de nuestros pensamientos y somos libres de elegir lo que pensamos entonces, podemos dejar de ser víctimas impotentes pues tenemos el poder de cambiar los pensamientos que nos causan dolor.

“No son las personas las que te molestan, ere tú quien se molesta por lo que las personas dicen, hacen o dejan de decir o de hacer, por lo tanto, la solución a tu molestia está dentro de ti.
Deja de querer cambiar al otro y trabaja primero en ti”.

Besos y Abrazos

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Un rey soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó llamar a un Sabio para que interpretase su sueño.

-¡ Qué desgracia mi señor!- exclamó el Sabio. Cada diente caído representa la pérdida de una pariente de vuestra majestad.

-¡Qué insolencia!- gritó el Rey enfurecido- ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa?¡Fuera de aquí!

Llamó a la guardia y ordenó que le dieran cien latigazos. Más tarde ordenó que le trajesen a otro Sabio y le contó lo que había soñado. Éste, después de escuchar al Rey con atención le dijo:

-¡Excelente señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes.

Se iluminó el semblante del Rey con una gran sonrisa y ordenó que le dieran cien monedas de oro. Cuando el Sabio salía salía del Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado:

-¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el primer Sabio. No entiendo por qué al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro.
– Recuerda bien amigo mío -respondió el segundo Sabio- que todo depende de la forma en el decir.

Reflexión

Uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. Que la verdad debe ser dicha en cualquier situación, de esto no cabe duda, mas la forma con que debe ser comunicada es lo que provoca en algunos casos, grandes problemas. La verdad puede compararse con una piedra preciosa:
Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura, ciertamente será aceptada con agrado.

El hombre ha recibido el don de la palabra… y cuando la emplea adecuadamente transmite mensajes que nos ayudan a ser mejores.

Besos y Abrazo

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Buda había estado caminando durante cuarenta años con una luz y miles le habían seguido. Ahora se estaba muriendo. Un día por la mañana dijo:

– «Éste es mi último día. Si tenéis algo que preguntar, preguntad «.

El momento había llegado, ahora seguiría su propio camino. Una infinita oscuridad rodeó a los que allí estaban. Ananda, el principal discípulo de Buda, empezó a llorar como un niño, casi enloquecido. Buda le dijo:

– «¿Qué haces Ananda?»

Éste le dijo: – «¿Qué vamos a hacer ahora? Estabas aquí, seguíamos tu luz. Estábamos a salvo, nos sentíamos seguros y habíamos olvidado por completo que existía la oscuridad. Siguiéndote, todo estaba claro. Cuarenta años y ahora nos dejas en una oscuridad completa. ¡No nos dejes en la oscuridad! ¿Qué sucederá cuando te hayas ido? Estaremos perdidos para siempre».

Y empezó a sollozar y gemir de nuevo.

Buda le dijo: – «Escucha. Durante cuarenta años has caminado con mi luz y no has podido alcanzar tu propia luz. ¿Crees que si vivo durante cuarenta años más alcanzarás tu propia luz? Ni aunque fueran cuatro mil o cuatro millones de años. Cuanto más te acostumbras a caminar con una luz prestada, más imitativo te vuelves, más te pierdes. Es mejor que me vaya».

Las últimas palabras en los labios de Buda fueron «Sé una luz en ti mismo”.
Murió diciendo «Sé una luz en ti mismo».

 Reflexión:

Muchas veces nos sentimos en la más absoluta oscuridad, es como si hubiésemos bajado todas las persianas de nuestra casa, cada resentimiento que guardamos simula una persiana opaca y nos guste o no cargamos muchos resentimientos, el perdón, sería algo así como querer ver las cosas de otra manera, es como si descorriésemos las cortinas y fuese entrando esa luz que tanto ansiamos. Continuamente buscamos la luz a fuera. A veces nos sentimos deslumbrados por otros seres a los que le atribuimos que están llenos de luz, tratamos de seguirlos, los admiramos y no nos damos cuenta de que lo que vemos en ellos no deja de ser lo que somos nosotros, pero eso dista mucho de que nos pueda entrar en nuestra cabeza ya que nos resistimos a creerlo. Una vez escuche, “Lo que ves fuera está dentro y lo que está dentro es fuera”. No puedes ver nada que no exista en ti.

No nos damos cuenta de nuestra valía, de nuestra grandeza, en definitiva, de nuestra luz, somos LUZ.

Sorprendentemente todas las religiones te llevan al mismo sitio, a que mires dentro de ti, pero nos da tanto miedo hacerlo, creemos que dentro de nosotros no hay nada bueno, ¡cuán equivocados estamos! Dentro de nosotros está el Ser en toda su plenitud, no somos conscientes de que nuestros resentimientos, amarguras, miedos, preocupaciones ocultan nuestra luz.

Nos empeñamos en cambiar lo que no se puede cambiar, la mayoría de las veces queremos cambiar a los demás o los resultados que obtenemos y haciendo esto volcamos toda nuestra energía, sintiéndonos que la vida nos maltrata. Si invirtiéramos esta energía en cambiar lo que si podemos cambiar, es decir, a nosotros mismos, nos daríamos cuenta de que la vida nos ama, veríamos que quién no se ha amado nunca, es uno mismo. Nos hemos quedado esperando a que los demás nos den o nos traten o nos tengas en consideración, pero si esto no lo obtengo de los demás, tendré que empezar mínima mente a dármelo yo, como dijo Buda, sé una luz en ti mismo.

Besos y Abrazos

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Un discípulo no terminaba de comprender. Cada vez que tenía una contrariedad se desesperaba, se abatía o incluso se hundía en el mayor desánimo. Sin embargo, su maestro, imperturbable, siempre le decía:
– ¡Está bien, está bien!
El discípulo se preguntaba si al maestro nunca le sucedía nada desagradable o nunca padecía ninguna contrariedad, pues decía con ánimo sosegado: ¡Está bien, está bien!
Intrigado, el discípulo le preguntó un día: – Pero ¿es que nunca te enfrentas a situaciones que no pueden ser resueltas? No comprendo por qué siempre dices “está bien, está bien”, como si nada adverso te ocurriese nunca.
El maestro sonrió y dijo: – Sí, sí, todo está bien.
– Pero ¿por qué?, preguntó soliviantado el discípulo.
– Porque no puedo solucionar una situación en el exterior, la resuelvo dentro de mí, cambiando mi actitud. Ningún ser humano puede controlar todas las circunstancias y eventos de la vida, pero si puede aprender a controlar su actitud ante ellos. Por eso, todo está bien, todo está bien.

Reflexión
Cuando no se puede modificar una situación en el exterior, hay que cambiar la actitud interior para no añadir sufrimiento al sufrimiento, tensión a la tensión. Se puede aprender a regular los comportamientos internos y externos, incluso modificar los modelos mentales que añaden conflicto al conflicto y desdicha a la desdicha. Dentro de cada uno de nosotros hay un “crítico” capaz de decirse cosas negativas y mezquinas en tono hostil. Pero también hay un “apaciguador”, una parte compasiva que posee la capacidad de calmarnos con comentarios de aceptación en todo amable y compasivo. La compasión hacía uno mismo es un regalo al alcance de todo el que esté dispuesto a descubrirla. Cuando desarrollamos el hábito de la bondad interior, el sufrimiento se convierte en una oportunidad para experimentar el amor y ternura hacia nosotros mismos. No importa lo difícil que se pongan las cosas, siempre podemos rodear a nuestro “yo” maltrecho con un tierno abrazo. Podemos calmar y consolar nuestro propio dolor, igual que un niño se consuela y se calma en brazos de su madre. No tenemos que esperar a ser perfectos ni a que la vida transcurra exactamente como queremos para poder sentirnos bien con nosotros mismos. No es necesario tener que encontrar fuera de nosotros a otra persona que nos brinden la aceptación y la seguridad que todos anhelamos. Está seguridad y aceptación debes aprender a dártela tú mismo. No te olvides que uno mismo es la única persona que se conoce de verdad, el que mejor sabe lo que necesita y es la única persona que está disponible las 24 horas del día para proporcionarte comprensión, atención y cariño.

Besos y Abrazos

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Este cuento está inspirado en una historia del libro “El arte de combinar el SI con el NO”, de Ricardo Bulmez.

Lola, experta antropóloga, invitó a su amigo Juan a una excursión para ver a los gorilas. Una vez que los dos estaban montaña adentro, Lola iba vigilante y pendiente de sus prismáticos listos para divisar a cualquier gorila. Pero el amigo iba mirando nerviosamente para todas partes y sobre todo al suelo.

  • ¡Lola! – grito Juan, ¿aquí hay culebras?
  • No, no hay, respondió Lola con mucha firmeza.

Pero el inexperto Juan continuó nervioso, temía la aparición de alguna serpiente.

Sorprendido ante algo que pisaba y se movía, gritó despavorido:

  • “¡Lola una culebra!”
  • ¡Eso no es una culebra, eso es una rama! Dijo Lola sin dejar un momento de estar atenta.

Pero el aficionado Juan sumamente asustado y sudando de miedo, todavía sentía que algo se movía bajo sus pies y gritó de nuevo:

  • “¡Cuidado, esto sí es una culebra!”

La antropóloga perdiendo la paciencia, se volvió hacia él y le dijo enfáticamente:

  • ¡Oye Juan! ¿Qué viniste a hacer aquí?, ¿A avistar gorilas o a buscar culebras? El que va a la montaña a ver gorilas los encuentras, ¿por qué? Porque los hay. En estas montañas hay gorilas y si no, los inventa. El que va a la montaña a buscar culebras las encuentra, ¿Por qué? Porque las hay y si no, las inventa o se las imagina, pero no se viene sin sus culebritas. Y si no las ve, elabora también su buen cuento:” ¡Mira, se me apareció una serpiente de cinco metros por lo menos, si no corro ya estaría muerto, me hubiera picado!”. Y si de verdad no hay culebras, cualquier ramita o raíz se convierte para él en una de ellas. Así pasa en la vida.

 

Reflexión

El que viene a vivir para encontrar gorilas los encuentra, el que viene a buscar la felicidad la encuentra, porque la felicidad está aquí, la vida tiene momentos bellos y placenteros, los hay ¡por supuesto! Sí, en esta vida hay momentos agradables, muy agradables. Para el que viene a buscar la dicha cualquier momento es motivo de alegría, aunque sea doloroso. Y si la felicidad no está en esta vida, entonces la inventa. Pero no se va de este mundo sin conseguirla. También pasa al revés. El que viene a esta vida a buscar culebras las encuentra, el que viene a buscar tristeza la encuentra porque en esta vida también existe la tristeza. Sí, hay momentos tristes y amargos, los hay ¡claro que sí! Y el que no los tiene, los inventa. El que busca la amargura, la encuentra todo el tiempo y pasa por este mundo sufriendo. El que busca defectos en las demás personas los encuentra porque los tienen, y si no los tienen, uno se los ve porque se los busca. Si busca las cosas buenas en el prójimo también las encuentra, porque la gente que nos rodea tiene muchas cualidades. Si buscas la felicidad, la encontrarás. Si buscas la tristeza, también la encontrarás.

Si llenas tu corazón de lo que estás buscando, lo encontrarás.

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Paseaban el maestro y el aprendiz por el bosque y de pronto el maestro le dijo al alumno: “¿ves esa bellota? Cógela”. El alumno la cogió, y ambos siguieron andando. De pronto se encontraron con un arbolito pequeñito y el maestro le dijo al alumno: “¿ves ese arbolito? Trata de arrancarlo”. El alumno tras mucho esfuerzo al fin lo logró. Siguieron andando y se toparon de frente con un inmenso roble grande y frondoso, con tronco grueso y raíces profundas. El maestro le dijo al alumno: “¿Ves ese roble? Arráncalo”. El alumno miró al maestro extrañado y le dijo: “maestro si con el arbolito casi no pude, ¿cómo voy a poder arrancar este roble?”. El maestro contestó: “tus hábitos son como ese roble, cuando están muy profundamente arraigados es prácticamente imposible cambiarlos. Todo empieza con esa diminuta bellota que llevas en las manos. Si identificas que es negativo al principio es fácilmente remplazable. Si lo dejas por mucho tiempo, te pasará como con el arbolito, costará, pero con esfuerzo lo lograrás. Si dejas que tus hábitos negativos se instalen en tu vida demasiado tiempo, se convertirán en un enorme roble imposible de arrancar”.
 
Reflexión:
Empezamos a saber que percibimos la realidad a través de un filtro que son nuestras creencias. No vemos con los ojos, vemos con nuestro cerebro. Los ojos captan la información, el cerebro la procesa y emite un juicio. Le da un significado. El cerebro procesa en función de sus creencias, condicionamientos (lo que hemos oído, visto y nuestras propias experiencias), presuposiciones, cultura, etc.
Muchas personas tienden a pensar que sus creencias son universalmente ciertas y esperan que los demás las compartan. No se dan cuenta que el sistema de creencias y valores es algo exclusivamente personal y en muchos casos muy diferentes del de los demás. Nosotros no vivimos la realidad en sí, sino una elaboración mental de la misma. Lo que hace que la vida sea un constante manantial de esperanza y ricas alternativas o una inevitable fuente de sufrimiento.
Cuando una creencia se instala en nosotros de forma sólida y consistente (cómo el roble), nuestra mente elimina o no tiene en cuenta las experiencias que nos casan con ella. Por eso se dice que, “No vemos las cosas tal cual son, las vemos tal cual somos”.
Es bien sabido que, si alguien realmente cree que puede hacer algo, lo hará y si cree que es imposible hacerlo, ningún esfuerzo por grande que éste sea logrará convencerlo de que se pueda realizar. Todos tenemos creencias que nos sirven como recursos y también creencias que nos limitan. Sería bueno pasar a integrar la “duda” en nuestras vidas. Nos podríamos plantear varias suposiciones: “¿Y por qué tiene que ser así? ¿O porque yo no voy a poder? Abrirnos a otras posibilidades sería lo más adaptativo, pero para ello tendremos que empezar a aprender a “dudar”, pero no del “otro” sino de nosotros mismos.

 

“No podemos no tener creencias”, diríamos que es una necesidad del ser humano. Podríamos decir que “una creencia no es solamente una idea que la mente posee, sino una idea que posee a la mente”. Muchas personas tienen una idea de lo que es correcto pero muy pocas se cuestionan si esa idea es correcta.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Hu-Ssong, propuso a sus discípulos el siguiente relato:
«Un hombre iba por un camino y tropezó con una gran piedra. La recogió y la llevó consigo. Poco después tropezó con otra, igualmente la cargó. Todas las piedras con las que iba tropezando las fue cargando, hasta que aquel peso se volvió tan insoportable que el hombre ya no pudo caminar»
– ¿Qué piensan ustedes de este hombre?, les preguntó el maestro.
– «Qué es un necio», respondió uno de los discípulos. «¿Para qué cargaba las piedras con que tropezaba?»
Dijo Hu-Ssong:
– «Eso es lo que hacen aquellos que cargan las ofensas que otros les han hecho, los agravios sufridos, y aun la amargura de las propias equivocaciones. Todo eso lo debemos dejar atrás, y no cargar las pesadas piedras del rencor contra los demás o contra nosotros mismos. Si hacemos a un lado esa inútil carga, si no la llevamos con nosotros, nuestro camino será más ligero y nuestro paso más seguro».

Reflexión:
Algunas personas van por la vida mostrando el tamaño y la forma de las piedras que les ha tocado cargar sobre sus espaldas y hay otros que aunque nunca se quejan, en sus miradas reflejan el peso que llevan encima. Esta es una forma de ir por la vida que nos suena conocida, cargar con todos los problemas que se nos presentan en la vida como si lleváramos un estigma y temiendo por las piedras que nos encontraremos, y de esta forma vamos llenando nuestra mochila, sin ser consciente del que peso que hemos decidido cargar.
Sería bueno darnos cuenta que no sirve de nada seguir cargando con el peso de nuestro pasado pues lo único que conseguimos con ello es no lograr avanzar y no nos damos cuenta de que al llevar toda esa carga, nos impide disfrutar de nuestro presente y de lo que la vida nos tenga preparado.
Cuando estamos atravesando un camino duro, angosto, lo primero que solemos hacer es quejarnos, maldecir a la vida y maldecirnos a nosotros mismos de nuestra mala suerte por no haber cogido el camino adecuado, o porque no nos merecemos esto que nos está pasando. No vemos que con esta actitud estamos continuamente rechazando o despreciando nuestra vida, porque está no viene como uno esperaba o desearía.
Que difícil nos resulta aceptar, aceptar que las cosas son como son y no como uno querría que fueran. Aceptar no es fácil pero vivir como vivimos tampoco ayuda mucho. Hace poco escuche una frase que decía: «La vida tiene sentido propio, lo que no tiene sentido es la forma en la que la vivimos». Es en esos momentos cuando más compasivos debemos ser con nosotros mismos. No podemos evitar que la vida nos venga con dolor, tristeza, decepción, amargura,…,porque todo esto forma parte de la vida. Introducir la «amabilidad» hacia nosotros es algo que podríamos aprender a hacer. No somos conscientes de los mensajes que continuamente nos estamos dando, ¿cual es el diálogo que mantenemos con nosotros mismos?, rara vez nos hablamos en positivo, sin darnos cuenta del flaco favor que nos estamos haciendo. No olvides ser amable contigo, sobre todo cuando no estés pasando por un buen momento.

Montse Parejo
Psico-Oncóloga
Cuando una langosta sale del mar y se queda entre las rocas, no tiene el instinto ni la energía suficiente para ir de vuelta al mar. La langosta espera que una ola venga hacia ella y la devuelva al agua, y si no viene, se queda dónde está y se muere.
La langosta se queda inmóvil, expectante, solo espera que la ola la lleve de regreso a su hábitat sin saber, ni plantearse que con un pequeño impulso podría alcanzar su objetivo.
Podríamos decir que el mundo está lleno de “humanos langostas”. Personas que vararon en las rocas de la indecisión, de la desidia, y que, en vez de avanzar con su propia energía, están esperando una gran ola, que haga que su suerte cambie y los devuelvan al mar.

Extraído de la poesía del Dr. Orison Swett Marden

Reflexión
Todos buscamos el mismo propósito, ser felices, estar libres de sufrimiento y estar en paz, como nos encaminemos a alcanzar estos propósitos depende de cada uno de nosotros.
No nos damos cuenta de que somos responsables de dónde decidimos poner nuestra atención. Si ponemos nuestra atención en el futuro, esté vendrá repleto de incertidumbres, nos invadirá el miedo, nos veremos incapaces de resolver los obstáculos que imaginemos que la vida nos pondrá, todo esto nos va a generar ansiedad. La ansiedad es un estado de inquietud en el cual sufrimos en el presente por algo que ni siquiera sabemos con certeza que se va a manifestar en el futuro. Si ponemos nuestra atención en el pasado, nos sumirá en una tristeza porque creeremos que no nos debió de pasar tal o cual cosa. En el momento en el que nos abrimos a aceptar algo, nos estamos abriendo a considerar que puede haber una oportunidad oculta en esa situación que nos está tocando vivir y de esta manera buscar el otro lado de la moneda. El potencial que cada uno de nosotros tiene solo se nos revela cuando estamos fuera de nuestra zona de confort y nos encontramos frente a lo desconocido.
Nuestra vida no es una teoría ni una técnica, ni una opinión es pura conciencia, pura experiencia, la vida solo se puede aprender viviéndola. Pensamos y creemos que la vida pasa para “afuera” y la vida para para “adentro”.
La frase “en la vida no hay amigos, ni enemigos, sino maestros” nos podría invitar a pensar que a veces las personas que no nos agradan son las que tienden a enseñarnos acerca de nosotros mismos. Y aquellas en las que vemos algo que nos gusta, también nos está hablando de nosotros. La vida nos trae lecciones para que podamos desarrollar nuestro verdadero potencial y poder llegar a nuestra verdadera esencia sobre nosotros mismos.
Hace poco escuche una cita que decía, “Esperar que la vida te trate bien por ser una buena persona, es como esperar que un tigre no te ataque por ser vegetariano”.
Recuerda, “No esperes a tenerlo todo para disfrutar de la vida ya tienes la vida para disfrutarlo todo”.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga
Se cuenta que dos jóvenes monjes de un monasterio tibetano fueron encargados, por su maestro, de comprar los comestibles del mes en un pueblo lejano. Ambos viajaron hasta allí con los ahorros que le habían dado, realizaron la compra e iniciaron el regreso.
Ya con los víveres y de vuelta al monasterio, hallaron un hombre viejo sentado al lado del camino que les interpeló:
 – ¿Cómo seguís este camino? ¿Es que no sabéis que está lleno de bandidos que os van a atracar? Si cogéis el sendero de la derecha viajaréis más seguros y mejor.
Así lo hicieron los jóvenes. Sin embargo, fueron asaltados y perdieron todos los víveres. Al llegar desolados al monasterio, el maestro hizo pasar al primer monje a su aposento y le interrogó:
  – Dime, ¿Qué has aprendido de lo que os ha ocurrido?
  – Maestro, he aprendido, que no debo confiar en desconocidos, dijo el joven monje.
A continuación, hizo pasar al segundo monje y le hizo la misma pregunta:
   – Dime, ¿Qué has aprendido de lo que os ha ocurrido?
 –   He aprendido a esperar lo inesperado.

A la mañana siguiente el primer monje salió del monasterio para no volver. El segundo se quedó: había realizado el aprendizaje correcto.

Reflexión:
Nos cuesta entender y aceptar que no podemos controlarlo todo,. Nunca actúas sobre lo que sucede sino sobre tu interpretación de lo que sucede. Como construyas dicha interpretación es vital, porque determina tanto tu experiencia como tu comportamiento.
Hay una cosa que olvidamos a menudo y es que estamos aprendiendo, quizás sería bueno tomarnos la vida como un aprendizaje, abrirnos a sentir que todo lo que nos pasa, es para algo, podríamos dejar de juzgar la vida, etiquetándola de «buena» o «mala», de esta forma nos permitiríamos vivir lo que puede aportarnos dichas experiencias.
Quizás eso que te irrita te está enseñando sobre la paciencia. Aquellos que te abandonan t están enseñando a valerte por ti mismo. Eso que te enoja te está enseñando sobre la compasión y el perdón. Todo eso que odias te está enseñando sobre el amor incondicional. Eso a lo que temes te está enseñando sobre el coraje y sobre como superar tus miedos. Todo aquello que no puedes controlar te está enseñando a aprender a soltar.
Decididamente nada ocurre sin un motivo, todo lo que nos ocurre trae una lección para enseñarnos algo.
El sufrimiento estará muy presente sino aprendemos a vivir la vida de otra manera, no podemos evitar el dolor, ni la pena, ni cualquier otro sentimiento, pero si podemos vivirlo sin sufrimiento. Tal y como dice el maestro Osho, sufrimos por: «Querer controlarlo todo, por desear que las cosas sean como tú quieres, por aferrarse a lo que no puede ser, por desear que el pasado sea diferente, por querer que otros sean como tú quieres que sean, por no aceptarse tal y como eres en cada momento. En resumen, por vivir en tu mente y perderte de lo único que tenemos, del presente».
Montse Parejo
Psico-Oncóloga