Hay una historia que dicen que es verídica, aparentemente sucedió en algún lugar de África.
Seis mineros trabajaban en un túnel muy profundo extrayendo minerales desde las entrañas de la tierra. De repente un derrumbe los dejó aislados del exterior sellando la salida del túnel. En silencio cada uno miró a los demás. De un vistazo calcularon su situación. Con su experiencia, se dieron cuenta rápidamente de que el gran problema sería el oxígeno. Si hacían todo bien, les quedaban unas tres horas de aire, cuando mucho tres horas y media.
Mucha gente de afuera sabría que ellos estaban allí atrapados, pero un derrumbe como éste significaría horadar otra vez la mina para llegar a buscarlos, ¿podrían hacerlo antes de que se terminara el aire?
Los expertos mineros decidieron que debían ahorrar todo el oxígeno que pudieran.
Acordaron hacer el menor desgaste físico posible, apagaron las lámparas que llevaban y se tendieron en silencio en el piso.
Enmudecidos por la situación e inmóviles en la oscuridad era difícil calcular el paso del tiempo. Sólo uno de ellos tenía reloj. Hacia él iban todas las preguntas: ¿Cuánto tiempo pasó? ¿Cuánto falta? ¿Y ahora?
El tiempo se estiraba, cada par de minutos parecía una hora, y la desesperación ante cada respuesta agravaba aun más la tensión. El jefe de los mineros se dio cuenta de que si seguían así la ansiedad los haría respirar más rápidamente y esto los podía matar.
Así que ordenó al que tenía el reloj que solamente él controlara el paso del tiempo. Nadie haría más preguntas, él avisaría a todos cada media hora.
Cumpliendo la orden, el del reloj controlaba su máquina.
Y cuando la primera media hora pasó, él dijo “ha pasado media hora”. Hubo un murmullo entre ellos y una angustia que se sentía en el aire.
El hombre del reloj se dio cuenta de que, a medida que pasaba el tiempo, iba ser cada vez más terrible comunicarles que el minuto final se acercaba. Sin consultar a nadie decidió que ellos no merecían morir sufriendo. Así que la próxima vez que les informó la media hora, habían pasado en realidad 45 minutos.
No habrá manera de notar la diferencia así que nadie siquiera desconfió.
Apoyado en el éxito del engaño la tercera información la dio casi una hora después. Dijo “pasó otra media hora”…Y los cinco creyeron que habían pasado encerrados, en total, una hora y media, y todos pensaron en cuán largo se les hacía el tiempo.
Así siguió el del reloj, a cada hora completa les informaba que había pasado media hora.
La cuadrilla apuraba la tarea de rescate, sabían en qué cámara estaban atrapados, y que sería difícil poder llegar antes de cuatro horas.
Llegaron a las cuatro horas y media. Lo más probable era encontrar a los seis mineros muertos. Encontraron vivos a cinco de ellos.
Solamente uno había muerto de asfixia…el que tenía el reloj.
Reflexión:
Quizás fuese porque era el único que sabía el tiempo real que había trascurrido desde que quedaron atrapados.
Hemos de tener en cuenta que comportamientos, sentimientos y actitudes son generados a partir del pensamiento. Debemos darnos cuenta de que nuestros pensamientos determinan nuestro carácter, ya que lo que nos decimos a nosotros mismos marca nuestras actuaciones. Cambiar tu manera de pensar, o de sentir, o de vivir es posible, pero nunca es fácil.
Esta es la fuerza que tienen las creencias en nuestras vidas. Cuando creemos y confiamos en que de alguna forma se puede seguir adelante, nuestras posibilidades de avanzar se multiplican.
Desgraciadamente sufrir es inevitable. Y ante lo inevitable, sólo existe una actitud razonable, aceptarlo y prepararse de forma inteligente para afrontarlo.
Hace un tiempo leí el siguiente párrafo: “¿Cuánto tiempo puede un hombre vivir sin oro? ¿Cuánto sin aire? Sin embargo, valoramos lo primero por encima de lo segundo”. Si estuviéramos unos minutos sin aire y nos ofrecieran todo el oro del mundo y un poquito de oxígeno, ¿qué creéis que escogeríamos? Precisamente el problema radica en esto, en que aprendemos a valorar las pequeñas cosas cuando nos faltan o cuando ya han pasado. Pero la buena noticia es que si aprendemos a valorar lo que tenemos, podremos disfrutar más de la vida.
Frente a la enfermedad, las personas afectadas suelen adoptar dos actitudes básicas: convertirse en un enfermo o, en cambio, ser una persona que tiene una enfermedad. La segunda opción, aceptar que somos alguien con una enfermedad, permite a la persona mantener intacta su integridad. Se siente responsable de su vida, se involucra en el cuidado de sí misma y mantiene el papel de protagonista de su propia vida. Superar una enfermedad no es luchar en contra sino a favor, es adaptarse a la nueva situación y reencontrar el equilibrio entre uno mismo y su entorno.
Esta situación nos enseña a soltar el lastre de los hechos pasados para, en lugar de “preocuparnos” por el futuro, ocuparnos del momento presente con todas nuestras energías.
Vivir la enfermedad como un desafío, y no como una amenaza, hace que la persona se mantenga con un espíritu de lucha constante.
Me gustaría terminar este relato compartiendo una cita de Gandhi que dice así:
Cuida tus pensamientos porque se volverán palabras.
Cuida tus palabras porque se volverán actos.
Cuida tus actos porque se harán costumbre.
Cuida tus costumbres porque forjarán tu carácter.
Cuida tu carácter porque formará tu destino,
y tu destino será tu VIDA.
Recuerda que «La vida, más que pensarla, hay que vivirla».
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

El uso del cuento dentro de la psicoterapia se está empezando a usar como un apoyo amable y muy maleable para acercar información y contenidos psicológicos al paciente, su familia en forma de vivencias en las cuales pueden verse reflejado sin sentirse intimidado.

Me gustaría compartir con ustedes este relato de Jorge Bucay «Las ranitas en la nata«. Fue el primer relato que expuse en el hospital de día de Onco-Hematología del Hospital en el que trabajo hace ya unos años y el relato comienza así:

Había una vez dos ranas que cayeron en  un recipiente de nata.

Inmediatamente se dieron cuenta de que se hundían: era imposible nadar o flotar demasiado tiempo en esa masa espesa como arenas movedizas. Al principio, las dos ranas patalearon en la nata para llegar al borde del recipiente. Pero era inútil; sólo conseguían chapotear en el mismo lugar y hundirse. Sentían que cada vez era más difícil salir a la superficie y respirar.
Una de ellas dijo en voz alta: – “No puedo más. Es imposible salir de aquí. En esta materia no se puede nadar. Ya que voy a morir, no veo por qué prolongar este sufrimiento. No entiendo qué sentido tiene morir agotada por un esfuerzo estéril”.
Dicho esto, dejó de patalear y se hundió con rapidez, siendo literalmente tragada por el espeso líquido blanco.
La otra rana, más persistente o quizás más tozuda se dijo: – “¡No hay manera! Nada se puede hacer para avanzar en esta cosa. Sin embargo, aunque se acerque la muerte, prefiero luchar hasta mí último aliento. No quiero morir ni un segundo antes de que llegue mi hora”.
Siguió pataleando y chapoteando siempre en el mismo lugar, sin avanzar ni un centímetro, durante horas y horas.
Y de pronto, de tanto patalear y batir las ancas, agitar y patalear, la nata se convirtió en mantequilla.
Sorprendida, la rana dio un salto y, patinando, llegó hasta el borde del recipiente. Desde allí, pudo regresar a casa croando alegremente.

Durante muchos meses a través de un cuestionario de satisfacción, estuve recogiendo los comentarios de pacientes y familiares respecto a que suponía para ellos la lectura de estos relatos. He elegido uno de ellos, se trata de un chico joven de 31 años y su comentario fue: «Tengo que decir que el cuento de la ranita en la nata, he tenido la suerte de leerlo cuando comenzaba con la quimioterapia y creo en mí una actitud positiva que aún conservo. Es más, tal eran mis comentarios al respecto, que mis amigos me regalaron una rana de plástico «claro» a la que tengo mucho aprecio». 
Las metáforas y los cuentos han constituido siempre un importante instrumento dentro de la psicología infantil, como dice Bucay (2008) “LOS CUENTOS NOS SIRVEN PARA DORMIR A LOS NIÑOS PERO TAMBIÉN PARA DESPERTAR A LOS ADULTOS».
Montse Parejo
Psico-Oncóloga
Sentir pena, tristeza o estar decaídos puede ser normal. En ocasiones, aparte de las situaciones de estrés sostenido, hay sucesos de la vida (una enfermedad, pérdidas de seres queridos, de trabajo o de cosas a las que nos apegamos) que nos golpean, nos conmocionan y nos producen dolor y sufrimiento. Es normal y puede ser adaptativo porque es una señal para obtener apoyo y consuelo.
La pena y la tristeza también pueden enredarnos si persisten, de apartarnos de la vida y apartar a los demás de nuestra vida. Ello ocurre cuando nos quejamos en exceso, permanecemos pasivos y esperamos a estar bien para normalizar nuestra vida. El caso de Conchita nos puede ayudar a comprender bien este fenómeno.
A Conchita, que lleva una temporada mal, triste y abrumada por sus problemas, le llama una amiga proponiéndole ir al cine, como tantas veces. Esta es la respuesta de Conchita: “mira es que me encuentro fatal, no puedo salir porque no estoy con ánimo, hasta que no me encuentre bien no cuentes conmigo. Me tendría que arreglar y eso me resulta imposible con el ánimo que tengo. No disfrutaré de la película y tendré que contar como estoy. No, decididamente, no puedo”.
Reflexión:
¿Acaso Conchita no puede salir o no puede arreglarse porque no está de ánimo? ¿Podemos hacer cosas aunque no nos apetezca si decidimos hacerlas? El bajo estado de ánimo no es la causa de que no salga. La única causa que pudiera impedirla salir sería estar maniatada y encerrada en casa o postrada en una cama sin poder moverse. Hay personas que tienen un estado de ánimo bajo y, sin embargo, deciden salir aunque no les apetezca. Y basta que hayan tomado esta decisión para que su estado de ánimo comience a mejorar. Esta es la gran trampa: esperar a estar bien para hacer cosas y no comenzar a hacer cosas para estar bien.
Esta trampa nos puede llevar a aislarnos, a enredarnos, a centrarnos en nosotros mismos y permitir que la tristeza se amplifique e invada todas las áreas de nuestra vida. La queja reiterada puede alimentar el bajo estado de ánimo (también estamos tristes porque lloramos). No se trata de cambiar primero nuestra forma de pensar o nuestro estado de ánimo, sino de seguir conectados a la vida a pesar, precisamente, de estar mal. Es crear las condiciones para estar bien, aunque no tenga ganas de hacerlo.
La pasividad de Conchita puede ayudarnos a recordar que nosotros podemos ser parte del problema o parte de la solución.
Podemos decidir salir y hacer cosas a pesar de sentirnos mal o, por el contrario, podemos decidir no hacerlas y quedarnos en casa rumiando nuestra tristeza. No resulta fácil pasar a la acción cuando nos invade la tristeza y el desánimo. Tomar la decisión de hacer cosas cuesta mucho pero no resulta imposible tomarla. Hay personas que lo hacen y descubren que es la vía para estar mejor.
La trampa de la vida esta en postergar la posibilidad de disfrutar hoy, esgrimiendo el incierto y frágil razonamiento de que quizás podamos hacerlo mañana.                                                           
Miguel Costa

                       
Me gustaría terminar con una reflexión:

«Piensen que lo trágico no es morir, al fin y al cabo la muerte tiene buena memoria y nunca se olvidó de nadie. Lo trágico, es no animarse a vivir”.

Como me dijo hace muy poco una amiga, tenemos dos posibilidades:
“Vivir, viviendo” o “Vivir muriendo” ¿Cuál eliges tú?
Un hombre de 78 años, bajo de estatura, muy bien vestido, quien cuidaba mucho de su apariencia, se está mudando hoy, a una residencia de ancianos.
Su esposa de 64 años murió recientemente y él se vio obligado a dejar su hogar. Después de esperar varias horas en la recepción, gentilmente sonríe cuando le dicen que su cuarto está listo.
Conforme camina lentamente al ascensor, usando su bastón, yo le voy describiendo su cuarto, incluyendo la hoja de papel que sirve como cortina en la ventana “Me gusta mucho”, dijo con el entusiasmo de un niño de 8 años que ha recibido una nueva mascota.
  Señor, usted no ha visto su cuarto, espere un momento, ya casi llegamos.
 “Eso no tiene nada que ver”, contesta.
  “La felicidad yo la elijo por adelantado. Si me gusta o no el cuarto no depende del mobiliario o la decoración, sino de cómo yo decido verlo”.
  “Ya está decidido en mi mente, que me gusta mi cuarto. Es una decisión que tomo cada mañana cuando me levanto”.
“Yo puedo escoger: Puedo pasar mi día en la cama enumerando todas las dificultades que tengo con las partes de mi cuerpo que no funcionan bien, o puedo levantarme y dar gracias a Dios por aquellas partes que todavía trabajan bien”.
“Cada día es un regalo, y  mientras yo pueda abrir mis ojos, me enfocaré en el nuevo día y en todos los recuerdos felices que he construido durante mi vida”.
“El valor de las cosas no está en el tiempo que duran, sino en la intensidad con que suceden. Por eso existen momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables”.
Reflexión:
Argumentos para el pesimismo, el cinismo o la resignación han sido, son y serán siempre abundantes. Pero ¿qué nos quedaría entonces si decidiéramos vivir desde la apatía o desde el cinismo? Nada, probablemente, nada más que el mal humor, la tristeza, la angustia o la depresión.
Hoy sabemos que la buena parte de las depresiones que afectan al ser humano están causadas no tanto por lo que nos ocurre, sino por lo que nos decimos un día tras otro, en nuestro monólogo interior. Si nuestros pensamientos están cargados de pesimismo, desesperanza, si no dejamos de criticarnos continuamente, a nosotros mismos y a los demás, si sólo vemos los defectos, las carencias o los errores y nos vestimos de víctimas, nos sentiremos inevitablemente desgraciados.
Las actitudes que tomamos en cada instante condicionan y crean nuestro futuro, y son una herramienta poderosísima de la que a menudo no somos conscientes, ya que en las actitudes que adoptemos reside el signo y el significado final que tendrá nuestra vida.
“Cuando mi sufrimiento se incrementó, pronto me di cuenta de que había dos maneras con las que podía responder a la situación: reaccionar con amargura o transformar el sufrimiento en una fuerza creativa”. Cita de Martín Luther King.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga
Hay personas que se amargan la vida con suma facilidad cuando, una y otra vez, se plantean “¿Y si hubiera hecho esto o aquello, esto no hubiera ocurrido?”, porque los acontecimientos actuales no resultan de su agrado y se lamentan de no haber actuado de otra manera o, mirando al futuro, se preguntan “¿Y si actúo de esta manera y luego me arrepiento?”. Se enredan con los “¿Y si…?” llegando a paralizarse y a atormentarse. El cuento del sabio ermitaño resulta muy aleccionador al respecto:
“Había una vez un ermitaño sabio al que la gente del lugar acudía a contarle sus problemas y a pedirle consejo. Un hombre del pueblo tenía una yegua; un día se le escapó y fue llorando al ermitaño a contarle lo que le había pasado:
– ¡Mira qué desgracia me ha ocurrido, mi yegua se ha escapado!
– ¿Y eso es bueno o malo? –respondió el sabio.
El hombre de la yegua no entendía nada y pensó: “este sabio es un poco raro; pues claro que es malo, qué pregunta más absurda”. Al cabo de las pocas semanas la yegua apareció. Y lo hizo acompañada de un robusto semental salvaje de pura sangre y además se encontraba preñada. El dueño de la yegua se puso muy contento, ahora tenía tres caballos en vez de uno, así que fue corriendo a contarle sus alegrías al ermitaño:
– ¿Te acuerdas de mi yegua? ¡Pues ha regresado! Y además está preñada y ha vuelto en compañía de un caballo formidable.
– ¿Y eso es bueno o malo?– volvió a responder el sabio.
Ahora sí que el hombre de la yegua no entendía nada de nada, estaba empezando a pensar que el ermitaño no era tan sabio como la gente pensaba. Estaba claro que era una noticia estupenda y así se lo hizo saber mientras el sabio le miraba en silencio. Al cabo del tiempo el potro nació. El hijo del dueño de los caballos se hizo inseparable del potrillo y le gustaba mucho montar en su lomo. Hasta que un día el chico se cayó del caballo y se rompió una pierna. Entonces el dueño de los caballos decidió volver a visitar al ermitaño para contarle de nuevo sus desventuras.
– ¡No sabes qué tragedia ha ocurrido! ¿Te acuerdas de la yegua que se escapó y regresó preñada? Pues a mi hijo le gustaba mucho montar en el potrillo y ahora se ha caído y se ha roto la pierna. Estoy empezando a pensar que tal vez hubiera sido mejor que la yegua no regresara nunca.
El ermitaño le miró sonriendo con un brillo algo burlón en los ojos y volvió a repetir su respuesta:
– ¿Y crees que eso es bueno o malo?
El hombre se fue algo enfadado no sabiendo qué pensar, creía que esa respuesta era absurda y que el ermitaño tal vez fuera un poco tonto, porque era verdad que el que volviera la yegua, que al principio le pareció una buena noticia, había sido la causa de que su hijo se rompiera la pierna, por lo que tal vez no fue tan bueno su regreso, pero; ¡¿qué podía tener de bueno que su hijo se hubiera caído?!
Al poco tiempo se declaró una guerra contra el país vecino y vinieron por todos los pueblos reclutando hombres y chicos. Sin embargo, el hijo del dueño del caballo pudo librarse del reclutamiento y de ir a la guerra gracias a que estaba herido y tenía la pierna rota por lo que no sería de ayuda en el frente de batalla. Cuando se disponía a ir de nuevo a consultar al sabio, se paró a meditar y pudo apreciar qué razón tenía el sabio al preguntar si lo que sucedía era bueno o malo”
Reflexión:
Las cosas que pasan no son ni buenas ni malas. Cuando estamos ante un suceso desafortunado, naturalmente no alcanzamos a ver que lo que hoy es motivo de lamento, mañana puede ser motivo de felicidad y viceversa.
Resulta del todo imprevisible prever las secuencias de acontecimientos que podemos generar con lo que hacemos, y resulta del todo inútil lamentarse por no haber actuado de otra manera en el pasado porque nunca sabremos qué fenómenos hubieran ocurrido y si estos habrían sido “buenos” o malos”. Por otra parte, resulta inútil quejarnos de que hubiera sido mejor que las cosas hubieran ocurrido de otra manera porque nunca lo sabremos.
Recordar esta metáfora nos puede ser muy útil cuando veamos que nos estamos enredando en los “¿Y si…?” Teniendo en cuenta que nunca podremos saber si lo que nos pasa es bueno o malo para el futuro, lo único que cabe es aceptar los acontecimientos como vienen y seguir caminando por la vida. Eso sí, dirigiendo nuestros pasos a donde decidimos hacerlo. No perder el tiempo en lamentos porque, en el caso de estar ante un problema o un suceso penoso, puedo pensar que este suceso puede ser una oportunidad. Y la mejor oportunidad es la de recordarnos que hemos de afianzarnos más en la vida. Esta es la tarea que nos corresponde.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga
En un lejano pueblo se organizó una carrera de sapos, con el objetivo de alcanzar llegar a lo alto de una gran torre.
Había en el lugar una gran multitud. Mucha gente para vibrar y gritar por ellos. Comenzó la competencia.
Pero como la multitud no creía que pudieran alcanzar la cima de aquella torre, lo que más se escuchaba era:
– ¡Que pena! Esos sapos no lo van a conseguir… no lo van a conseguir…
Los sapitos comenzaron a desistir. Pero había uno que persistía y continuaba subiendo en busca de la cima.
La multitud continuaba gritando:
– ¡Que pena!! Ustedes no lo van a conseguir…
Y los sapitos estaban dándose por vencidos, salvo aquel sapito que seguía y seguía tranquilo, y ahora cada vez más con más fuerza.
Ya llegando el final de la competición todos desistieron, menos ese sapito que curiosamente en contra de todos, seguía. Llegó a la cima con todo su esfuerzo.
Los otros querían saber qué le había pasado. Un sapito le fue a preguntar cómo él había conseguido concluir la prueba.
Y descubrieron que… ¡Era sordo!

Reflexión:
¡No permitas que personas con pésimos hábitos de ser negativos derrumben las mejores y más sabias esperanzas de tu corazón!
Recuerda siempre el poder que tienen las palabras que escuchas o veas.
Por lo tanto, preocúpate siempre de ser ¡POSITIVO!Moraleja: Sé siempre SORDO cuando alguien te diga que no puedes realizar algún sueño.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga
Esta mañana desperté emocionada con todas las cosas que tengo que hacer antes de que el reloj marque la medianoche.
Tengo responsabilidades que cumplir hoy. SOY IMPORTANTE.
Mi trabajo es escoger que clase de día voy a tener.
Hoy puedo quejarme porque el día esta lluvioso, o puedo dar gracias a Dios porque las plantas están siendo regadas gratis.
Hoy me puedo sentir triste porque no tengo más dinero, o puedo estar contento de que mis finanzas me empujan a planear mis compras con inteligencia.
Hoy puedo quejarme de mi salud, o puedo regocijarme de que estoy viva.
Hoy puedo lamentarme de todo lo que mis padres no me dieron mientras estaba creciendo, o puedo sentirme agradecida de que me permitieran haber nacido.
Hoy puedo llorar porque las rosas tienen espinas, o puedo celebrar que las espinas tienen rosas.
Hoy puedo auto compadecerme por no tener muchos amigos, o puedo emocionarme y embarcarme en la aventura de descubrir nuevas relaciones.
Hoy puedo quejarme porque tengo que ir a trabajar, o puedo gritar de alegría porque tengo un trabajo.
Hoy puedo quejarme porque tengo que ir a la escuela, o puedo abrir mi mente enérgicamente y llenarla con nuevos y ricos conocimientos.
Hoy puedo murmurar amargamente porque tengo que hacer las labores del hogar, o puedo sentirme honrada porque tengo un techo para mi mente, cuerpo y alma.
Hoy el día se presenta ante mí, esperando a que yo le dé forma y aquí estoy, el escultor que tiene que darle forma.
Lo que suceda hoy depende de mí, yo debo escoger qué tipo de día voy a tener.
Ten un gran día… A menos que tengas otros planes.
Mario Benedetti
Reflexión:
Es muy cierto este pensamiento, todo depende de uno mismo de cómo vaya el día, y para lograrlo hay que tener fe, confianza y valor en si mismo, siempre pensar positivamente y sobre todo saber que cada uno de nosotros es importante en la vida
Muchas veces creemos en el destino, rezamos y esperamos que las cosas pasen y nos olvidamos de lo más importante: ¡CREER EN NOSOTROS MISMOS! Nos conformamos en vez de arriesgarnos sin pensar que cada día que pasa NUNCA VOLVERÁ. Nada está escrito. Nada está hecho. Todo depende de nuestra voluntad. De esa fuerza que nos sale de dentro. De decir «si puedo» a cada reto. Podemos cuando estamos decididos. Cuando estamos convencidos, cuando de verdad queremos algo no hay obstáculo que pueda imponerse. Sólo hay que proponérselo. No podemos ser «un mero espectador» ante nuestros sueños.
Por último, recuerda:
En el «JUEGO DE LA VIDA« están los que siguen corriendo cuando le tiemblan las piernas, los que siguen jugando cuando se les acaba el aire, los que siguen luchando cuando todo parece perdido… Sufren pero no se quejan porque saben que el dolor pasa, el sudor se seca, el cansancio termina, pero siempre quedará la satisfacción de ¡HABERLO CONSEGUIDO!
Montse Parejo
Psico-Oncóloga
Déjame que te cuente un cuento….
Había una vez un hombre que estaba decidido a disfrutar de la vida.
Él creía que para eso debía tener suficiente dinero.
Había pensado que no existe el verdadero placer mientras éste deba ser interrumpido por el indeseable hecho de tener que dedicarse a ganar dinero.
Pensó, ya que era tan ordenado, que debía dividir su vida para no distraerse en ninguno de los dos procesos: primero ganaría dinero y luego disfrutaría de los placeres que deseara.
Evaluó que un millón de dólares sería suficiente para vivir toda la vida tranquilo. El hombre dedicó todo su esfuerzo a producir y acumular riquezas.
Durante años, cada viernes abría su libro de cuentas y sumaba sus bienes.
    Cuando llegue al millón- se dijo- no trabajaré más. Será el momento del goce y la diversión. No debo permitir que me pase lo de otros- se repetía-, que al llegar al primer millón empiezan a querer otro más.
Y fiel a su duda hizo un enorme cartel que colgó en la pared:
SOLAMENTE UN MILLON
Pasaron los años.
El hombre sumaba y juntaba. Cada vez estaba más cerca. Se relamía anticipando el placer que le esperaba.
Un viernes se sorprendió de sus propios números:
La suma daba 999.999,75
¡Faltaban 25 centavos para el millón! Casi con desesperación empezó a buscar en cada chaqueta, en cada pantalón, en cada cajón las monedas que faltaban….No quería tener que aguardar una semana más.
En el último cajón de un armario encontró finalmente los 25 centavos deseados.
Se sentó en su escritorio y escribió en números enormes:
1.000.000
Satisfecho, cerró sus libros, miró el cartel y se dijo:
   Solamente uno. Ahora a disfrutar…
En ese momento sonó la puerta.
El hombre no esperaba a nadie. Sorprendido, fue a abrir. Una mujer vestida de negro con una hoz en la mano le dijo:
   Es tu hora.
La muerte había llegado.
   No….- balbuceó el hombre-. Todavía no…..No estoy preparado.
   Es tu hora- repitió la muerte.
   Es que yo…..El dinero….El placer….
   Lo siento, es tu hora.
   Por favor, dame aunque sea un año más, yo postergué todo esperando este momento, por favor…
    Lo lamento- dijo La muerte.
   Hagamos un trato- propuso desesperado-: yo he conseguido juntar un millón de dólares, llévate la mitad y dame un año más. ¿Sí?
   No.
   Por favor. Llévate 750.000 y dame un mes….
   No hay trato.
   900.000 por una semana.
   No hay trato.
   Hagamos una cosa. Llévatelo todo pero dame aunque sea un día. Tengo tantas cosas por hacer, tanta gente a la que ver, he postergado tantas palabras…por favor.
  Es tu hora- repitió La muerte, implacable.
El hombre bajo la cabeza resignado.
   ¿Tengo unos minutos más?- preguntó.
La muerte miró unos pocos granos de arena en su reloj y dijo:
   Sí.
El hombre tomó su pluma, un papel de su escritorio y escribió:
Lector:
Quienquiera que seas. Yo no pude comprar un día de vida con todo mi dinero.
Cuidado con lo que haces con tu tiempo.
Es tu mayor fortuna… 
Montse Parejo
Psico-Oncóloga
Cuenta un viejo chiste que en un pequeño pueblo se desató una tormenta tal que el río se desbordó y lo inundó todo por completo. Los habitantes escapaban como podían, pero el sacerdote, que siempre había sido un hombre de gran fe, permanecía en la entrada de la parroquia rezando a Dios para que lo sacase de allí. En ese momento, pasaba por allí un hombre conduciendo una camioneta que le gritó:
 ¡Padre, venga, que el agua sigue subiendo!
 No te preocupes, hijo- respondió el sacerdote- , Dios me salvará.
El nivel del agua seguía creciendo y el sacerdote, con el agua hasta la cintura, continuaba rezando. Pasó entonces un bote de remos con varios hombres, que le gritaron que subiera. El sacerdote respondió con firmeza:
 Id vosotros, no os preocupéis más por mí, que Dios me salvará.
Los hombres se alejaron mientras la tormenta no cesaba y el agua seguía subiendo; tanto, que el sacerdote hubo de trepar al techo de la parroquia. Cuando el agua estaba a punto de cubrirlo todo, se acercó al sacerdote un helicóptero desde donde le hicieron señales para que cogiera la cuerda de rescate, pero éste se negó:
 ¡Yo soy un hombre de fe!- gritó al helicóptero- ¡Dios me salvará!
Sin embargo, el agua continuaba cayendo y el sacerdote acabó por ahogarse y llegó a las puertas del cielo. Cuando se encontró cara a cara con Dios, no pudo sino recriminarle que lo hubiese dejado morir de ese modo.
 Mi Señor- le dijo el sacerdote con tristeza-, ¿por qué me abandonaste?
 ¿Pero de qué abandono me hablas?- le respondió Dios-. ¡Te envié una camioneta, te envié un bote y te envié un helicóptero!
Más allá de la broma, esta breve historia nos ilustra sobre la importancia de aprovechar las oportunidades que se nos presentan. Si dejamos pasar las oportunidades una y otra vez, acabaremos creyendo que tenemos mala suerte; acabaremos como el sacerdote del cuento, que creía que Dios le había abandonado. Dicho de otro modo, si no aprovechamos nuestras oportunidades, terminaremos quejándonos de que la vida ha sido injusta con nosotros o de que el destino no nos ha dado lo que nos correspondía. ¿Qué es para vosotros la Quimioterapia, la Radioterapia, la Cirugía y tantos otros procedimientos? 
Montse Parejo
Psico-Oncóloga
Cuando nos instalamos en la queja, en la lamentación reiterada, estamos perdiendo nuestro tiempo en lugar de poder estar construyendo algo mejor para nuestra vida. Claro que la vida no es justa y no suceden cosas según nuestros deseos y expectativas. Precisamente por eso lo inteligente es hacer lo que esté en nuestras manos y aprovechar todas las oportunidades, pero ante lo inevitable se impone la serena aceptación de los hechos y esperar que la infinita paciencia y sabiduría del tiempo trabaje a nuestro favor. Algunas circunstancias que producen sufrimientos pueden cambiarse y otras, no, las dos situaciones requieren dos planteamientos diferentes: acción y aceptación.No deberíamos necesitar una desgracia para valorar nuestra vida normal. ¿Por qué solemos valorar las cosas cuando ya no las tenemos?
Hay un cuento judío que nos enseña a valorar lo que tenemos ya que hay veces que las cosas lo  queramos o no desgraciadamente pueden empeorar, el relato dice así:
«Un hombre vivía en una casita muy pequeña con su esposa, cinco hijos, los cuatro abuelos y varios tíos y tías. Dormían todos en la misma habitación, comían juntos y peleaban en vano por un poco de espacio propio y silencio.Desesperado, el hombre acudió al rabino del pueblo. – “Ya no lo soporta más, rabino”, dijo. – “Me estoy volviendo loco. Se pelean sin parar, los niños chillan, mi esposa está destrozada, nadie duerme. Por favor, ayúdeme”. El rabino reflexionó y dijo: – “Según recuerdo, tú eres dueño de una vaca. Métela en casa y vuelve dentro de una semana”.El hombre protestó ante esa idea alocada, pero el rabino insistió, usted ha venido aquí para que yo le ayude, ¡no! Así que el hombre metió a la vaca en casa y volvió al cabo de una semana. – “¡Es espantoso, rabino!”. Y describió la escena con la vaca dentro. El cuento continúa con el rabino que le va diciendo al hombre, cada semana que meta a otro de sus animales dentro de la casa: la cabra, el caballo, las gallinas…, hasta llegar al caos más absoluto. Finalmente, el rabino le pide al hombre que expulse a todos los animales. El hombre vuelve al cabo de una semana. – “Gracias, rabino. Esto si es vida, ahora todos vivimos en paz y armonía. Es una maravilla. ¡Le estoy muy agradecido!”.  
Reflexión
Este relato nos puede recordar eso, que alguna vez que otra decimos,“Dios mío, que me quede como estoy”.
Hemos aprendido a vivir esperando los grandes momentos, aquellos que creemos que marcarán nuestra historia personal,  y que nos harán felices. Y en esa espera, se nos puede escapar parte de nuestra vida. Pero ¿por qué esperar el gran momento? ¿Por qué no convertir esas pequeñas cosas del quehacer cotidiano en una sucesión ininterrumpida de momentos extraordinarios? Decía Henri Barbusse, escritor y periodista francés, que las cosas pequeñas, si se ponen juntas, superan a las mayores.
Fijémonos por ejemplo en las personas que han vivido la experiencia de estar a punto de morir, personas que han tenido una grave enfermedad o un accidente. La mayoría de ellas suelen explicar que al ver la muerte de cerca, no se lamentaban por el hecho de no acceder a un ascenso laboral o porque no podrían comprarse el coche de sus sueños, no les preocupaba no poder ser ricas o famosas, o no haber conseguido adelgazar…Todas coincidían en señalar que les dolía pensar que no volverían a ver el sol, pasear o hablar con sus seres queridos, que no podrían reír o disfrutar de la comida.
Frente a la amenaza de perder las pequeñas cosas, quienes conocen la provisionalidad de la vida convierten los hechos cotidianos en acontecimientos extraordinarios. Y gracias a esta experiencia, muchas de esas personas aprenden a disfrutar de las cosas cotidianas en toda su plenitud. Una vez recuperados, su vida cambia para siempre. Se levantan por la mañana, abren las ventanas y empiezan su día maravillándose por el único hecho de estar vivos.
Aunque me gustaría pensar en la posibilidad de vivir sin problemas ni sufrimiento, lo cierto es que los retos forman parte de la vida de cada uno de nosotros. Lo que importa no es que tengamos problemas (porque, inevitablemente, surgirán problemas, y en ocasiones no tendremos elección), sino cómo los afrontamos cuando se presentan esos retos inesperados y no deseado.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga