Un día mi madre me preguntó: «¿Cariño, cuál es la parte más importante del cuerpo?».  A través de los años he tratado de buscar la respuesta correcta.
Cuando era más joven, pensé que el sonido era muy importante para nosotros, por eso le dije: – “Mis oídos, mamá”. Ella dijo: – “No, muchas personas son sordas y se arreglan perfectamente. Pero sigue pensando, te preguntaré de nuevo.”
Pasaron varios años antes de que ella me lo preguntara de nuevo. Desde aquella primera vez, yo había creído encontrar la respuesta correcta. Y es así que le dije: ”Mamá, la vista es muy importante para todos, entonces deben ser nuestros ojos”.
Ella me miró y me dijo: ”Estás aprendiendo rápidamente, pero la respuesta no es correcta porque hay muchas personas que son ciegas, y salen adelante aún sin sus ojos”. Continué pensando… ¿cuál era la solución?
A través de los años, mi madre me preguntó un par de veces más, y ante mis respuestas la suya era: “No, pero estás poniéndote más inteligente con los años, pronto acertarás”.
Hace algunos años mi abuelo murió. Todos estábamos dolidos. Lloramos. Incluso mi padre lloró. Recuerdo esto sobre todo porque fue la segunda vez que lo vi llorar. Mi madre me miraba cuando fue el momento de dar el adiós final al abuelo. Entonces me preguntó: «¿No sabes todavía cuál es la parte más importante del cuerpo, hijo?”. Me asusté cuando me preguntó justo en ese momento. Yo siempre había creído que ese era un juego entre ella y yo. Pero ella vio la confusión en mi cara y me dijo: ”Esta pregunta es muy importante. Para cada respuesta que me diste en el pasado te dije que estabas equivocado y te fui diciendo el por qué. Pero hoy es el día en que necesitas saberlo”.
Ella me miraba como sólo una madre puede hacerlo. Vi sus ojos llenos de lágrimas, y la abracé. Fue entonces cuando apoyada en mí, me dijo: ”Hijo, la parte del cuerpo más importante es tu hombro”.
Le pregunté: “¿Es porque sostiene mi cabeza?”
Y ella respondió: “No, es porque puede sostener la cabeza de un ser amado o de un amigo cuando llora. Todos necesitamos un hombro para llorar algún día en la vida, hijo mío. Yo sólo espero que tengas amor y amigos y así siempre tendrás un hombro donde llorar cuando lo necesites, como yo ahora necesito el tuyo.”


Reflexión
Muchas veces el ser humano tiene miedo de aflorar sus emociones por temor a no poder contenerlas, además lo solemos asociar a un síntoma de debilidad. Nuestra sociedad nos indica de muchas maneras que no es bueno llorar, que tenemos que ser “fuertes”, pero no debemos olvidar que llorar “desahoga” y esto es muy necesario para afrontar cualquier adversidad que nos toque lidiar, podemos elegir llorar solos o acompañados. Hay situaciones de la vida, en la que el simple hecho de “estar” al lado de la persona que sufre, es más importante que cualquier otra cosa en la vida, simplemente, “estando”.
Recuerda, “todos tropezamos, todos y cada uno de nosotros. Por eso es un consuelo ir de la mano de alguien”. (Emily Kimbrough)

Montse Parejo
Psico-Oncóloga
Hakim era un vendedor de sal en la antigua Bagdad. Cada día iba desde su casa al mercado con dos sacos de sal atados al lomo de su burro. Un día caluroso, al atravesar el Tigris, el burro tropezó y se hundió en el agua fresca del día. Cuando el burro salió del agua, Hakim notó que mucha sal se había disuelto y la carga, por tanto, era considerablemente más ligera para el burro. 
A partir de entonces, Hakim no podía evitar que el burro se zambullera en el mar diariamente y arruinar parte de la carga de sal. Esta situación cada día se hacía más insostenible porque los ingresos de Hakim eran cada vez menos. En definitiva, el burro que le servía de transporte le estaba arruinando el negocio.
Ante esta situación, Hakim comenzó a pensar de qué manera solucionar el problema: cambiar de medio de transporte no podía, porque no tenía dinero suficiente. También cabía la posibilidad de vender el burro, pero éste era un animal tan querido en la familia que su mujer e hijos no entenderían jamás su venta. Cambiar de tarea también era un problema porque sin bienes, qué iba a hacer. No tenía más animales, no tenía un huerto que cuidar…
Pensando y pensando, un día decidió hacer una prueba: cargó el burro como de costumbre y, como de costumbre, el animal se hundió en el agua. Pero esta vez, la carga no era sal sino sacos de arena. Cuando el burro intentó salir del agua, comprobó cómo la carga habitual pesaba mucho más que de costumbre. Desde entonces no volvió a zambullirse.

Reflexión:
En algunas situaciones difíciles, la solución no es deshacerte del factor que causa el problema. Esto supondría demasiados cambios. A veces, la solución es mucho más simple: basta con mover adecuadamente algunas piezas y utilizar el ingenio.
A menudo lo que nos hace sufrir no es un acontecimiento en sí, sino la opinión que tenemos del mismo. Podemos empeorar una situación complicada sólo con la actitud con que lidiamos con ella. Esto no significa que debamos siempre “pensar en positivo” ni ser optimistas frente a cualquier adversidad, pero si que debemos abrir nuestra mente para afrontar cualquier evento con serenidad.
Recuerda, podemos ser parte del problema o parte de la solución, tú eliges.
Montse Parejo. 
Psico-Oncóloga

Cuentan que un peregrino viajaba de ciudad en ciudad en busca de respuestas a sus preguntas. Había llegado a grandes ciudades que ocupaban extensas planicies, a pequeñas aldeas de pocas casas, a ciudades amuralladas, unas con castillos, otras con monasterios y cuarteles. A ciudades con hermosos jardines colgantes, a otras construidas junto a cascadas, a ciudades flotantes que parecían crecer como nenúfares sobre lagos, a poblaciones levantadas en altas montañas y otras junto al mar. Conocía toda clase de ciudades, todas distintas, aunque todas tenía una característica común: en ninguna de ellas encontró a personas felices. Y el peregrino buscaba el secreto de la felicidad, pues esa era para él la riqueza más valiosa, ese era el reconocimiento más preciado, y por ello viajaba y viajaba. Llegó un día que ya no recordaba nada de su vida que no fuera viaje, e incluso esos recuerdos se confundían en su mente. Y ese día descubrió, en lo hondo de un valle, una nueva ciudad, una que nunca había visto. No era ni demasiado grande ni demasiado pequeña; sus casas no eran ni demasiado altas ni demasiado bajas y todo en ella denunciaba una ciudad normal. O eso le parecía.
No obstante, a medida que se acercaba a la ciudad descubrió que había algo extraño en ella. No la rodeaban murallas ni había guardias, las puertas estaban abiertas y los pobladores se movían de acá para allá apresurados, entre cantos y bromas. Cuando al fin entró en la ciudad se dirigió a un hombre que paseaba y le preguntó: ¿Qué ciudad es ésta? ¿Por qué hay tanta agitación? Y el paseante, muy amable, respondió:- Bien veo que sois extranjero. Ésta es la ciudad sin nombre y precisamente hoy celebramos la fiesta más importante del año, el día de nuestra independencia. ¿Y cómo lo celebráis? ¿Con bailes, con un gran banquete? No, mi amigo, respondió entre risas el ciudadano, lo celebramos con un gran entierro y plantando un jardín. ¿Os sorprende? Seguidme y lo entenderéis. Y así vecino y peregrino recorrieron la ciudad, mientras el primero explicaba al segundo como se hacían las cosas en la ciudad. ¿Veis todos aquellos jardines, allí? Cada uno es recuerdo de un año de nuestra ciudad. Y ahora os mostraré el lugar en el que preparamos el de este año. Caminaron hasta una plaza donde se había excavado una zanja de varios metros de profundidad. Apoyadas en las paredes de las casas había montones de flores y plantas, en macetas y jardineras.
El peregrino, no obstante, no acababa de entender cómo aquel profundo agujero podía transformarse en un jardín. ¿Por qué lo hacían tan hondo?¿Cómo lo rellenarían? Y lo preguntó a su nuevo amigo. Muy fácil, le respondió el vecino. Os dije que celebrábamos un entierro. Pues bien, se trata del entierro de los «Debería». Cada ciudadano trae hoy aquí todos los objetos que representan sus obligaciones, todos los elementos que ya no le son útiles, todo aquello que «debería hacer»…,»debería cambiar»…,»debería mejorar»… y lo arroja a la zanja ya que son estas cosas las que nos hacen sentir culpables si por la razón que fuese no pudiéramos llevarlas a cabo. Cuando todos lo hemos hecho, lo cubrimos con tierra y nos despedimos de los «debería». Y encima plantamos una planta por cada nuevo propósito.
Así plantamos «Yo podré»…,»Yo lograré»…,»Yo conseguiré…y sobre todo, muchos «Yo deseo»… Así es como nacen nuestros maravillosos jardines.
El peregrino se quedó en silencio observando cómo las gentes del lugar se acercaban alegres cargadas de ropas, libros, utensilios y herramientas… Cómo niños y mayores se turnaban en ir llenando el vacío que se abría a sus pies con pensamientos y obligaciones que les impedían ser felices. Y, aún en silencio, se acercó al borde de la zanja y él también lanzó su bastón y su bolsa, todo lo que le ataba a su pasado de búsqueda y viaje. Ya no «debería seguir viajando». Había aprendido que el secreto de la felicidad está en la libertad de seguir el dictado del propio corazón y no las leyes de la razón.
Y allí se quedó para siempre jamás. En la ciudad donde no existía el «debería» encontró la felicidad. Nuestro ego es el eco de las voces de nuestro pasado.


Montse Parejo.
Psico-Oncóloga
Mi mamá era hija de una pareja de Entre Ríos. Nació y creció en el campo entre animales, pájaros y flores. Ella nos contó que una mañana, mientras paseaba por el bosque recogiendo ramas caídas para encender el fuego del horno, vio un capullo de gusano colgando de un tallo quebrado. Pensó que sería más seguro para la pobre larva llevarla a casa y adoptarla a su cuidado.
Cuando llegó, la colocó bajo una lámpara para que le diera calor y la arrimó a una ventana para que el aire no le faltara. Durante las siguientes horas, mi madre permaneció al lado de su protegida esperando el gran momento. Después de una larga espera, que no terminó hasta la mañana siguiente, la jovencita vio cómo el capullo se rasgaba y una patita pequeña y velluda asomaba desde dentro.
Todo era mágico y mi mamá nos contaba que tenía la sensación de estar presenciando un milagro. Pero, de repente, el milagro pareció volverse tragedia. La pequeña mariposa parecía no tener la fuerza suficiente para romper el tejido de la cápsula que la envolvía. Por más que hacía fuerza, no conseguía salir por la pequeña perforación de su casita efímera.
Mi madre no podía quedarse sin hacer nada. Corrió hasta el cuarto de las herramientas y regresó con un par de pinzas delicadas y una tijera larga, fina y afilada que mi abuela usaba en el bordado. Con mucho cuidado de no tocar al insecto, fue cortando una ventana en el capullo para permitir que la mariposa saliera de su encierro.
Después de unos minutos de angustia, la pobre mariposa consiguió dejar atrás su cárcel y caminó a tumbos hacia la luz procedente de la ventana.
Cuenta mi madre que, llena de emoción, abrió la ventana para despedir a la recién llegada, en el que sería su vuelo inaugural. Sin embargo, la mariposa no salió volando, ni siquiera cuando con la punta de las pinzas la rozó suavemente. Pensó que estaba asustada por su presencia y la dejó junto a la ventana abierta, segura de que no la encontraría al regresar.
Después de jugar toda la tarde, mi madre entró de nuevo a su cuarto y encontró junto a la ventana a su mariposa inmóvil, las alistas pegadas a su cuerpo, las patitas tiesas hacia el techo. Mi mamá siempre nos contaba con qué angustia fue a llevar el insecto a su padre, a contarle todo lo sucedido y a preguntarle qué más podía haber hecho para ayudarla. Mi abuelo, que parece ser que era uno de esos sabios casi analfabetos que andan por el mundo, le acarició la cabeza con dulzura y le dijo que no había nada más que debiera haber hecho, que en realidad la buena ayuda hubiera sido hacer menos y no más.
Las mariposas necesitan de ese terrible esfuerzo que les significa romper su prisión para poder vivir, porque durante esos instantes, explicó mi abuelo, el corazón late con muchísima fuerza y la presión que se genera en su primitivo árbol circulatorio inyecta la sangre en las alas, que así se expanden y la capacitan para volar.

La mariposa que fue ayudada a salir de su caparazón nunca pudo expandir sus alas, porque mi mamá no la había dejado luchar por su vida. Mi mamá siempre nos decía que, muchas veces, le hubiese gustado aliviarnos nuestro camino, pero entonces recordaba a su mariposa y prefería dejarnos inyectar nuestras alas con la fuerza de nuestro propio corazón.
Jorge Bucay
«No le evitéis a vuestros hijos las dificultades de la vida, enseñadles más bien a superarlas» Louis Pasteur.
«En la vida y de la vida no hay que esperar nada, sino que en «la vida» hay que ir al encuentro de todo». Montse Parejo

Montse Parejo
Psico- Oncóloga

En cierta ocasión, se reunieron todos los Dioses y decidieron crear al hombre y la mujer, y planearon hacerlo a su imagen y semejanza.
Entonces uno de ellos dijo:
– “Esperen, si los vamos a hacer a nuestra imagen y semejanza, van a tener un cuerpo igual al nuestro, fuerza e inteligencia igual a la nuestra… debemos pensar en algo que los diferencie de nosotros, ya que, de no ser así, estaremos creando nuevos dioses. Debemos quitarles algo, pero… ¿qué les quitamos?”
Después de mucho pensar otro dijo:
– “¡Ya sé, vamos a quitarles la felicidad!… pero el problema va a ser dónde esconderla para que no la encuentren jamás”.
Propuso el primero:
– “Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo”, a lo que inmediatamente repuso otro:
– “No, recuerda que les dimos fuerza, alguna vez alguien puede subir y encontrarla, y si la encuentra uno, ya todos sabrán donde está”.
Luego propuso otro:
– “Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar”, y otro contestó:
– “No, recuerda que les dimos inteligencia, alguna vez alguien va construir una esquina por la que pueda entrar y bajar y entonces la encontrarán”.
Uno más dijo:
– “Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra”. Y le dijeron:
– “No, recuerda que les dimos inteligencia, y un día alguien va construir una nave en la que pueda viajar a otros planetas y la va a descubrir, y entonces todos tendrán felicidad y serán iguales a nosotros”.
El último de ellos, que era un Dios que había permanecido en silencio, escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás dioses, analizó cada una de ellas y entonces rompió el silencio y dijo:
– “Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren”
Todos voltearon asombrados y preguntaron al unísono:
– “¿Dónde?”
– “La esconderemos dentro de ellos mismos… estarán tan ocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán”.
Todos estuvieron de acuerdo, y desde entonces ha sido así:
El hombre se pasa la vida buscando la felicidad sin saber que la trae consigo…
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Este relato nos habla de cómo «Vivir la vida».

Hace unas cuantas semanas, me dirigía hacia mi equipo de radio-aficionado, con una humeante taza de café en una mano y el periódico en la otra.
Lo que comenzó como una típica mañana de sábado, se convirtió en una de esas lecciones que la vida parece darnos de vez en cuando… déjenme contarles: Como otros sábados sintonicé mi equipo de radio para entrar en una red de intercambio. Después de un rato, me topé con un colega que sonaba un tanto mayor. Él le estaba diciendo a su interlocutor, algo acerca de «unas mil canicas».
Quedé intrigado y me detuve para escuchar con atención:
        – «Bueno,Tomás, de veras que parece que estás ocupado con tu trabajo. Estoy seguro de que te pagan bien, pero es una lástima que tengas que estar fuera de casa y lejos de tu familia tanto tiempo. Es difícil imaginar que un hombre joven tenga que trabajar sesenta horas a la semana para sobrevivir. Qué triste que te perdieras la presentación teatral de tu hija». La conversación continuó, diciéndole este señor a Tomás lo siguiente:
        – «Déjame decirte algo, Tomás, algo que me ha ayudado a mantener una buena perspectiva sobre mis propias prioridades».
Y entonces fue cuando comenzó a explicar su teoría sobre las «mil canicas».
        – «Un día sin saber porque, me senté e hice algo de aritmética. Me dije a mi mismo, la persona de promedio vive unos setenta y cinco años, algunos viven más y otros menos, pero en promedio, la gente vive unos setenta y cinco años. Entonces, multipliqué 75 años por 52 semanas por año,y obtuve 3,900 que es el número de sábados que la persona promedio habrá de tener en toda su vida.
        – «Espero que no te hayas perdido en mis cálculos Tomás porque es ahora cuando voy a la parte más importante. Me tomó hasta que casi tenía cincuenta y cinco años pensar todo esto en detalle», continuó, «y para ése entonces, con mis 55 años, ya había vivido ¡¡¡más de dos mil ochocientos sábados!!!»
        – «Me puse a pensar que si llegaba a los setenta y cinco años, sólo me quedarían unos mil sábados más que disfrutar. Así que fui a una tienda de juguetes y compré todas las canicas que tenían. Tuve que visitar tres tiendas para conseguir 1.000 canicas.»
        – «Las llevé a casa y las puse en una fuente de cristal transparente, junto a mi equipo de radio-aficionado. Cada sábado a partir de entonces, he tomado una canica y la he tirado.»
        – «Descubrí que, al observar cómo disminuían las canicas, me enfocaba más sobre las cosas verdaderamente importantes en la vida. No hay nada como ver cómo se te agota tu tiempo en la tierra, para ajustar y adaptar tus prioridades en esta vida.»
        – «Ahora déjame decirte una última cosa antes que nos desconectemos y lleve a mi bella esposa a desayunar…, esta mañana, saqué la última canica de la fuente de cristal… y entonces, me dí cuenta de que si vivo hasta el próximo sábado entonces me habrá sido dado un poquito más de tiempo de vida… y si hay algo que todos podemos usar es un poco más de tiempo.»
        – «Me gustó conversar contigo, Tomas, espero que puedas estar más tiempo con tu familia. Hasta pronto, se despide el hombre de 75 años, este es K9NZQ, cambio y fuera, ¡buen día!».

Uno pudiera haber oído un alfiler caer en la banda cuando este amigo se desconectó.
Creo que nos dio a todos, bastante sobre lo qué pensar.
Yo había planeado trabajar en la antena aquella mañana, y luego iba a reunirme con unos cuantos radio-aficionados para preparar la nueva circular del club…
En vez de aquello, subí las escaleras, y desperté a mi esposa con un beso…
        – «Vamos querida, te quiero llevar a ti y los chicos a desayunar fuera».
        – «¿Qué mosca te ha picado?» preguntó sorprendida.
        – «Oh, nada; es que no hemos pasado un sábado junto con los chicos en mucho tiempo. Por cierto, ¿podríamos parar en la tienda de juguetes mientras estamos fuera? Necesito comprar algunas canicas…»
                                                                                          Jeffrey Davis

Reflexión:
Recuerda que sólo hay un momento importante y es ahora. El momento actual es el único sobre el que tenemos dominio. La persona más importante es siempre con la que estás, la que está delante de ti, porque quién sabe si tendrás trato con otra persona en el futuro. El propósito más importante es hacer que esa persona, la que está junto a ti, sea feliz, porque es el único propósito de la vida”.

Montse Parejo. Psico-Oncóloga.

El Maestro y el guardián se dividían la administración de un monasterio zen. Cierto día, el guardián murió, y fue preciso sustituirlo.
El Maestro reunió a todos los discípulos para escoger quién tendría la honra de trabajar directamente a su lado.
– “Voy a presentarles un problema”, dijo el Maestro, “y aquél que lo resuelva primero, será el nuevo guardián del templo.”

Terminado su corto discurso, colocó un banquito en el centro de la sala. Encima estaba un florero de porcelana carísimo, con una rosa roja que lo decoraba.
– “Éste es el problema”, dijo el Maestro, “resuélvanlo.”
Los discípulos contemplaron perplejos el problema… miraban los diseños sofisticados y raros de la porcelana, la frescura y la elegancia de la flor. ¿Qué representaba aquello? ¿Qué hacer? ¿Cuál sería el enigma?
Pasó el tiempo sin que nadie atinase a hacer nada salvo contemplar el problema, hasta que uno de los discípulos se levantó, miró al maestro y a los alumnos, caminó resolutamente hasta el florero y lo tiró al suelo, destruyéndolo.
– “¡Al fin alguien que lo hizo!”, exclamó el Maestro, “empezaba a dudar de la formación que les hemos dado en todos estos años. Usted es el nuevo guardián.”
Al volver a su lugar el alumno, el Maestro explicó:
– “Yo fui bien claro: dije que ustedes estaban delante de un problema. No importa cuán bello y fascinante sea un problema, tiene que ser eliminado.”
– “Un problema es un problema; puede ser un florero de porcelana muy caro, un lindo amor que ya no tiene sentido, un camino que precisa ser abandonado, aunque insistimos en recorrerlo, porque nos trae comodidad.”
– “Sólo existe una manera de lidiar con un problema: atacándolo de frente.”
– “En estas horas, no se puede tener piedad, ni ser tentado por el lado fascinante que cualquier conflicto acarrea consigo.”

Paulo Coelho

Cuentos del Alquimista

Reflexión

Hay personas que pierden el equilibrio interno y su bienestar cuando se enfrentan a una situación que etiquetan como “problema”. Es como si una inmensa lápida cayera sobre sus cabezas y los aplastara inexorablemente. Y más si se sentencian: “Tengo un problema que no tiene solución”.

Pero lo que suele suceder es que se bloquean al confundir los hechos que han desencadenado un problema con el problema en sí. Las causas que originan un problema son hechos que no tienen solución. Pero el conflicto que genera sí la tiene.

Por ejemplo, cuando alguien de tu familia cae enfermo, solemos decir, “me ha surgido un problema familiar; mi hijo ha enfermado”, argumentas. Realmente, la enfermedad no es el problema, es un hecho al que hay que hacer frente; el problema es cómo afrontarlo en el ámbito emocional, laboral…..

Encontrar una salida a los problemas es más fácil si empezamos por aceptar los hechos en vez de negarlos.

No debes quedarte atrapado en intentar cambiar los hechos. Ante cualquier situación problemática, pregúntate: “¿Cuál es específicamente el problema? ¿Es realmente importante? ¿Qué estoy dispuesto a hacer para que todo sea armónico? ¿Qué estoy dispuesto a dejar de hacer para que todo esté en orden?

Las respuestas te darán la clave para desbloquearte y encontrar alternativas. Ciertas situaciones catalogadas como “graves problemas” son, objetivamente, insignificantes. Y recuerda: cualquier problema tiene solución. Si no la tiene, no es un problema, es un hecho consumado; éstos son parte de la vida y están ahí para ayudarnos a crecer.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Me gustaría compartir este breve relato de Oliver Clerc, escritor y filósofo. Según este autor, a través de la metáfora podemos ver los peligros nefasto de la no conciencia del lento cambiar, que puede infectar nuestra salud, nuestras relaciones, la evolución social y ¡Como no!, el ambiente.

El relato dice así:
Imaginen una cazuela llena de agua, en cuyo interior nada tranquilamente una rana. Se está calentando la cazuela a fuego lento. Al cabo de un rato el agua está tibia. A la rana esto le parece agradable, y sigue nadando. La temperatura empieza a subir. Ahora el agua está caliente. Un poco más de lo que suele gustarle a la rana. Pero ella no se inquieta y además el calor siempre le produce algo de fatiga y somnolencia.
Ahora el agua está caliente de verdad. A la rana empieza a parecerle desagradable. Lo malo es que se encuentra sin fuerzas, así que se limita a aguantar y no hace nada más. Así, la temperatura del agua sigue subiendo poco a poco, nunca de una manera acelerada, hasta el momento en que la rana acaba hervida y muere sin haber realizado el menor esfuerzo para salir de la cazuela.
Si la hubiéramos sumergido de golpe en un recipiente con el agua a cincuenta grados, ella se habría puesto a salvo de un enérgico salto.

Reflexión:
«Lo que nos enseña la alegoría de la rana es que siempre que existe un deterioro lento, tenue, casi imperceptile, pasa inadvertido y la mayoría de las veces no suscita reacción, ni oposición, ni rebeldía».
Muchas veces vamos por la vida como dormidos, aletargados, dejando pasar el devenir de los días, semanas, meses y años, sin hacer nada para romper con la apatía, la desidía o la rutina del día a día.
En muchas ocasiones me habran escuchado decir, «Hay dos cosas impepinables en la vida: Todo lo que nace, muere». Pero olvidamos lo más importante y es la de «vivir», ya nos toque tener una vida larga, o más corta. Cuando una enfermedad golpea nuestra vida, nos aferramos a la idea de la muerte, ya que esto es algo que a todos nos puede asustar pero por mucho que nos aferremos a ella, nos olvidamos de lo más importante que es, la de vivir. Muchos dícen que «mientras haya vida, hay esperanza» pero también lo podemos ver desde otra óptica y esta sería «mientras que haya esperanza, hay vida».
Hoy sabemos que la enfermedad puede ser una consecuencia del tipo de alimentación que llevemos, de la falta de ejercicio, del éstres, de una gestión desafortunada de nuestras emociones y como no, por determinados hábitos nocivos para nuestra salud.
Una premisa muy importante sería la de tener conciencia de nuestro momento presente. Vivimos pensando continuamente en el futuro y esto hace que nos quedemos dormidos en el sentido literal de la palabra; esperando una oportunidad y ya lo decía Antony Mello, escritor, «La oportunidad nunca llega, la opurtinidad ya está aquí».
Corrremos el mismo riesgo que la rana, a menos que aprendamos a mirar el presente, como consecuencia del pasado y el comienzo lento pero seguro del futuro distante.
Por lo cual debemos elegir: ¡Conciencia o cocción!!
Entonces, si no estás como la ranita ya medio cocinado o cocinada, da un saludalbe golpe con tus patas ¡antes que sea demasiado tarde!

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

En un discurso a los graduados en una universidad, hace varios años, el ex consejero de Coca Cola, Brian Dyson, habló sobre la relación entre el trabajo y otros compromisos.
       -Imaginen la idea como un juego en el que ustedes hacen malabarismos con cinco bolas que arrojan al aire.
Estas bolas son: el Trabajo, la Familia, la Salud, los Amigos y el Espíritu.
Pronto se darán cuenta de que EL TRABAJO es una bola de goma. Si se cae, rebota. Pero las otras cuatro bolas: FAMILIA, SALUD, AMIGOS y ESPÍRITU son de vidrio. Si dejan caer una de esas, van a quedar irrevocablemente dañadas, rayadas, rajadas o rotas. Nunca volverán a ser las mismas.
-Compréndalo y busquen el equilibrio en la vida. ¿Cómo…?
-No disminuyan su propio valor comparándose con otros. Es porque somos todos diferentes que cada uno de nosotros es especial.
-No fijen sus objetivos en razón de lo que otros consideran importante. Solo ustedes están en condiciones de elegir lo que es mejor para ustedes.
-No den por supuesto las cosas más queridas por su corazón. Apéguense a ellas como a la vida misma, porque sin ellas la vida carece de sentido.
-No dejen que la vida se les escurra entre los dedos por vivir en el pasado o para el futuro. Si viven un día a la vez, vivirán TODOS los días de su vida.
-No abandonen cuando son capaces de un esfuerzo más. Nada termina hasta que uno deja de intentar.
-No teman admitir que no son perfectos. Ese es el frágil hilo que nos mantiene unidos.
-No teman enfrentar riesgos. Es corriendo riesgos que aprendemos a ser valientes.
-No excluyan de su vida al amor diciendo que no se lo puede encontrar.
-La mejor forma de recibir amor es darlo; la forma más rápida de quedarse sin amor es aferrarlo demasiado; y la mejor forma de mantener el amor es darle alas.
-No corran tanto por la vida, que lleguen a olvidar no sólo donde han estado sino también adonde van.
-No olviden que la mayor necesidad emocional de una persona es la de sentirse apreciado.
-No teman aprender. El conocimiento es liviano, es un tesoro que se lleva fácilmente.
-No usen imprudentemente el tiempo o las palabras. No se pueden recuperar.
-La vida no es una carrera, sino un viaje que debe ser disfrutado a cada paso.
Montse Parejo.
Psico-Oncóloga

Érase una vez en un pueblo, un anciano que se le conocía en todos lados por ser muy sabio, era tan sabio que las personas que tenían una pregunta sobre cualquier tema iban a buscarlo y siempre les daba la respuesta correcta a sus inquietudes.
Un día un hombre envidioso de la fama del sabio decidió jugarle una trampa para acabar con su reputación y hacerlo quedar en ridículo así que se le ocurrió coger un canario en su mano y meter la mano en una caja para que el sabio no pudiera ver. Le preguntaría al sabio si el canario que estaba en la caja estaba vivo o muerto, si el sabio respondía que estaba vivo el lo aplastaría y lo sacaría muerto, y si por el contrario respondía que estaba muerto lo sacaba vivo y de cualquier forma el sabio se equivocaría.
Muy emocionado le contó a algunos vecinos que al día siguiente al medio día iba a demostrar que el sabio no era tan sabio como todo el mundo creía y estas mismas personas se encargaron de correr la voz y enterar a todo el pueblo.
Al siguiente día una muchedumbre curiosa y chismosa estaba enfrente de la puerta de la casa del sabio, el hombre toco la puerta y abrió con la sonrisa que siempre lo caracterizaba, miro a todos los que estaban presentes a los ojos y dijo “hijo mío, ¿en que puedo ayudarte?” a lo que el hombre contesto “Señor, se dice que eres muy sabio y todo lo conoces, he venido a probar eso y sólo necesito que me respondas a una simple pregunta… ¿el canario que está en esta caja está vivo o muerto?”.
El anciano se quedo pensativo y respondió: “la vida de ese animal esta en tus manos hermano, si tu quieres que viva o si quieres que muera esa es tu decisión y responsabilidad”.
El hombre quedo asombrado al ver que no pudo engañar al viejo y se dio cuenta que ese anciano era el hombre más sabio del mundo.
Reflexión:
Tal como en el cuento, tu vida y tu futuro dependen solamente de ti, si quieres dejar vivir tus anhelos y deseos más profundos o si los dejas morir, solo depende de una persona: de ti mismo.

Si quieres algo en tu vida sólo dependerá de ti conseguirlo pero para conseguirlo tendrás que dedicarle tiempo, dedicación, esfuerzo, sudor, lágrimas, etc., para que aquello que se desea se haga realidad, sino seguirá siendo solamente un sueño.

La gente que dice que la vida “no vale la pena” están equivocados, porque lo que realmente están diciendo es que no tienen metas que valen la pena. Fíjate una meta por la que vale la pena luchar sin parar. Siempre ten una lista de metas por lograr, cuando completes una, sigue con otra”.  (Maxwell Maltz).
Montse Parejo
Psico-Oncóloga