Cuentan que en un lejano reino, había un jardín cuyas flores no se marchitaban, todos decían que era el buen Rey que con su amor y dedicación las mantenía siempre frescas y vivas.
Cada mañana el buen Rey se asomaba a su balcón y admiraba el hermoso jardín plagado de las más bellas y raras flores, que traídas de todos los reinos, él cuidaba.
Un día llego a palacio una niña pidiendo audiencia al rey, se la veía preocupada y un poco triste, entre sus manos traía una pequeña maceta con una rosa casi marchita. Uno de los mayordomos del rey pregunto a la niña:
         ¿Qué te ocurre?, ¿Para qué deseas ver al rey?
La niña apenada contesto.
         Mi flor se marchita, tiene un gusano que no la deja vivir.
El mayordomo sabedor de lo importante que para el rey eran las flores, acudió rápido hasta donde el se encontraba, contándole lo sucedido y pidiéndole que recibiera a la niña.
El rey acudió inmediatamente a recibirla. Ya en presencia del rey la niña le contó lo que ocurría.
         Yo la he cuidado y le he dado cariño pero ha enfermado y no puedo hacer nada.
El rey le contesto:
         No es culpa tuya que tú rosa enfermara, no es culpa de nadie. Ahora la llevaremos a mí jardín, la cuidaremos, tendremos que ponerle un producto para eliminar el gusano, quizás algunos de sus pétalos se caigan y creas que esta peor pero debes venir a verla todos los días, seguir dándole tu cariño y tu amor, a pesar del aspecto que tenga, seguirá siendo tu rosa.
         Debes entender- dijo el rey- que si no la dejas sola, la prodigas mimos, pero no en exceso, le vas a ayudar; debes saber que ella se sentirá mal a veces y a pesar de no poder hablarte te agradecerá tus cuidados.
Después de un tiempo, aquella rosa empezó a sentirse mejor, todo lo que el buen rey le había dicho era cierto.
Con amor, cariño y confianza todo se supera, aunque creas a veces que todo termina, es cuando de verdad empieza la vida.
                                                              
Reflexión:
Me gustaría empezar agradeciéndole a Ana María, un familiar de una paciente que en estos momentos esta en tratamiento con quimioterapia, su generosidad por querer compartir conmigo este hermoso relato, para que yo a su vez lo pueda compartir con todos vosotros.
No debemos olvidar que ante un diagnóstico adverso, solemos pasar por diferentes estadios, desde la incredulidad y la sensación de injusticia hasta el desamparo y la rabia. Pero enfermedad no es sinónimo de tristeza y frustración sino una oportunidad: para emprender un nuevo camino, descubrir capacidades, crecer…Toda la familia se enfrenta a una nueva vida, esta “segunda oportunidad” se aprovecha para hacer lo que hasta ahora no habían hecho, viajar, leer, escuchar música, expresar los afectos, pintar, escribir, en definitiva darle un nuevo sentido a la vida.
La enfermedad puede hacer más conscientes nuestros deseos y ayudarnos a vivir el presente y el amor hacia nuestros seres queridos con mayor intensidad.
Tener una enfermedad, o vivirla de cerca, hace que las personas se hagan conscientes de que la vida es frágil, de que puede cambiar en el momento menos esperado. Esta situación nos enseña a soltar el lastre de los hechos pasados para, en lugar de “preocuparnos” por el futuro, “ocuparnos” del momento presente con todas nuestras energías.
Son momentos en los que uno debe tener:
“Serenidad para aceptar las cosas que no puede cambiar, Valor para cambiar aquellas que sí puede y Sabiduría para distinguir entre ambas cosas”.
                                                               Montse Parejo
Psico-Oncóloga